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Emociolandia

Después de mucho deambular por todo el universo sin fijar una residencia permanente, he encontrado por fin, la ciudad de mis sueños en la que me propongo pasar el resto de mis días.

En Emociolandia no es que todo sea de color rosa, sino que se muestra del color que cada cual quiera verla. Todas sus superficies están completamente recubiertas de teleopalita, el novedoso material hallado en el satélite Titanus, que ha revolucionado el concepto de ciudad moderna. Atendiendo a las ondas electromagnéticas de pensamiento que cada cerebro emite, la teleopalita le devuelve todas las cosas que estén en su ámbito de visión, coloreadas 100% a su gusto. Y lo mejor de todo es que cada día esos colores pueden variar en función del estado de ánimo o del capricho de quien pasea por los diferentes rincones de esta ciudad particular.

El tema del color no es desde luego, ni de lejos, la cualidad más importante de Emociolandia. El clima del planeta es idílico, su localización es espectacular. Por supuesto, la tecnología es puntera en todos los ámbitos y se muestra por doquier. Allí donde poséis vuestra mirada encontraréis las últimas novedades en aerotransporte individual y colectivo, equipamientos sanitarios, robots domésticos y urbanos, infraestructuras espaciales, reciclaje… Sin embargo, lo que verdaderamente me fascinó y que constituye la mayor innovación de todos los tiempos en materia de urbanismo, es el diseño y la clasificación de sus barrios y calles en función de las inclinaciones, sentimientos y emociones de quienes transitan por ellas. Porque realmente lo que nos caracteriza y nos une como criaturas diversas, no es nuestra edad o nuestro origen sino la manera en que entendemos y percibimos el cosmos. Las ciudades son eficientes en la medida en que están al servicio de quien las habita. El desarrollo sostenible va del brazo de la ecología emocional. El urbanismo ecológico que persigue la armonía de sus habitantes conduce a la eficiencia de la ciudad.

Hay un barrio entero disponible para quienes gustan de una vida estresante, con trabajos agobiantes en diminutas oficinas y dormitorios ataúdes para reposar unas pocas horas al día. Dispone de locales de comida basura y comida rápida y lo pueblan gentes ceñudas que avanzan a zancadas propinando codazos sumergidas en sus smartphones. Nadie habla con nadie personalmente, todas las conversaciones son telemáticas. Sus habitantes en su mayoría, son supervivientes del exterminio que se produjo en un planeta recientemente devastado llamado Tierra. Sin embargo, parece que estas personas aquí han encontrado unas condiciones de vida tan similares que hasta han olvidado de donde proceden realmente.

El barrio multicultural en el que yo tengo mi vivienda es todo lo contrario. Disponemos de amplia zona ajardinada por la que paseamos serenamente y nos deleitamos conversando y dedicando tiempo al tiempo. Disponemos de multitud de instalaciones como polideportivos, bibliotecas, cines, teatros, mercados, foros públicos, etc. en los que coincidimos con otras criaturas de multitud de planetas y diferentes galaxias. No descuidamos nuestro trabajo pero tampoco nuestra vida afectiva y social e intentamos guardar un equilibrio entre las obligaciones y el placer. Nuestra mayor afición es compartir. Cuando veo en un mismo corrillo a seres azules con cuatro patas y dos cerebros, charlando con otras criaturas verdes con cola y escamas, o con las diminutas presencias rojizas del planeta Marte o conmigo misma, espléndida, alada y áurea descendiente de la dinastía Zazp, vuelvo a tener fe en la perdurabilidad de la vida en el universo. Y sonrío y soy feliz.

En el barrio del sosiego, al norte de la ciudad, encontrareis multitud de cerebrotones, organismos procedentes del gigantesco planeta Tyron, que adoran la sensación de aislamiento e intimidad y la vida en soledad. Otra existencia muy diferente discurre en el territorio más meridional, el distrito de la música, donde las melodías no cesan jamás. Sus residentes se turnan para que los sonidos de sus infinitos instrumentos musicales surquen el día y la noche y alimenten sus almas. Hay muchos otros barrios alucinantes pero no puedo dejar de mencionar los dos primeros enclaves que se construyeron. Al principio, se levantó el arrabal de la sonrisa en el que siempre reina la alegría porque la risa se contagia a través del aire. Inmediatamente después, se alzó la manzana de la tristeza y el arrepentimiento donde para calmar la sed, fluyen lágrimas de los grifos y las fuentes públicas.

Los límites entre los diferentes asentamientos están muy definidos y, para no crear interferencias entre unos y otros,  se encuentran perfectamente aislados por los interespacios. No obstante, cualquiera puede acceder a otro barrio que no es el suyo y visitarlo. Simplemente con fijar diez segundos su mirada en las interpuertas, tendrá libre la entrada o la salida. En el barrio del veraneo, por ejemplo, casi todos sus habitantes son temporales y ya os podéis imaginar en qué consiste y cómo se sienten los seres que lo pueblan…

Por supuesto, también es posible cambiar de residencia si el estado anímico ha variado o por la curiosidad de probar nuevas sensaciones o experiencias que nunca se conocieron. Yo no descarto hacerlo algún día.

Me gustaría revelaros la localización exacta de esta urbe idílica pero el hecho es que ha ido paulatinamente extendiéndose en todas las direcciones. No solo los dos primeros asentamientos originales se fueron ampliando, sino que se han creado más y más barrios que han terminado por cubrir toda la superficie del otrora planeta deshabitado. Así que os animo a que levantéis una ciudad gemela en vuestras poblaciones y si ello no es posible, edificadla en vuestras ilusiones.

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