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Electromagnetismo

Yo soñaba de niño con coches voladores. Fantasías de la infancia. Pensaba que si los aviones, unos aparatos tan grandes, podían volar, más fácilmente lo harían los automóviles. Poco después, para mi sorpresa y satisfacción, vi por la tele la serie ‘El coche fantástico’, aquel maravilloso KITT, inteligente y veloz, conducido por Michael Knight, que acudía siempre en auxilio de los pobres y desamparados. Ahí nació la mitad de mi vocación. La otra mitad, sin duda la más importante, se la debo a mi padre. Él fue siempre mi héroe y mi guía. Un hombre excelente por todos los conceptos. Ya quisiera yo que en mí se cumpliera aquello de que ‘de tal palo tal astilla’.

Mi padre era un cualificado ingeniero industrial, especializado en el sector del automóvil. Yo también lo soy, aunque hoy por hoy no pueda alardear de la misma excelencia; pero tiempo al tiempo. Trabajábamos juntos desde que acabé la carrera, lo cual me permitió aprender muchas cosas de él, sobre todo ciertos hallazgos técnicos que guardaba en absoluto secreto. Habíamos comenzado a estudiar la posibilidad de aplicar técnicas derivadas del electromagnetismo a los vehículos de tracción mecánica, en particular a los coches de perfil urbano, los que se utilizan preferentemente para circular por las ciudades.

Mi padre había diseñado un prototipo con el que estábamos experimentando. Queríamos introducir modificaciones sustanciales para mejorar tanto la seguridad activa como la pasiva, además de abrir nuevos horizontes en cuanto a los motores de combustión. Estábamos convencidos de la capacidad del electromagnetismo para crear una nueva generación de automóviles que rompiera los moldes básicos mantenidos por el sector desde hacía siglo y medio. Éramos conscientes del riesgo que ello comportaba, por cuanto las grandes multinacionales del petróleo y sus derivados intentarían boicotear cualquier innovación que pusiera en peligro su monopolio.

Mi padre estaba convencido de que las ciudades eran patrimonio de los ciudadanos, no de las máquinas. Sin embargo, a partir de la revolución industrial se había producido una invasión progresiva de las calles por los vehículos a motor de todo tipo, lo que derivaba en incomodidades y perjuicios varios, graves en muchos casos. Vinculando su responsabilidad social a su dedicación profesional, había llegado a la conclusión de que debía orientar sus esfuerzos a mejorar las condiciones de habitabilidad de los grandes núcleos urbanos. La contaminación ambiental y la acústica, sobre todo, eran una espada de Damocles que amenazaba cada día con más fuerza a los ciudadanos. El progresivo deterioro del aire a respirar planteaba bastantes incógnitas sobre la salubridad de los núcleos urbanos en un futuro próximo. Ciertamente había otros elementos a tener en cuenta, como las calefacciones alimentadas con combustibles sólidos, líquidos y gaseosos, pero nuestro empeño se limitaba a la cuestión del automóvil. Otros expertos analizaban fórmulas resolutorias de los restantes problemas urbanos.

Mi padre acariciaba un gran proyecto consistente en transformar el tráfico de superficie dentro de las ciudades en otro de doble nivel, utilizando las posibilidades que ofrece la energía electromagnética. Sabía que era ardua la tarea, no solo por las dificultades apuntadas, sino también por su costo económico y técnico. Confiaba en mí, cuarenta años más joven que él, como depositario y heredero declarado de sus proyectos.

Uno de los que ya estaban en marcha era una campaña de concienciación dirigida a las corporaciones municipales del país para que establecieran rutas circulatorias destinadas al uso exclusivo de las bicicletas, los llamados ya ‘carriles bici’ en algunas ciudades. La creación de empresas gestoras de esta modalidad de desplazamiento era importante, y ya habíamos conseguido algunos resultados esperanzadores. En los lugares de orografía difícil, estábamos proponiendo la puesta en servicio de flotillas de bicicletas con motor eléctrico, para salvar las pendienes con menor esfuerzo, animando de esa manera a quienes se resistían al cambio amparándose en la dificultad que suponían los desniveles.

El gran proyecto, sin embargo, era la sustitución de los motores de explosión de coches y motos por ingenios autogeneradores que aprovechaban la energía solar, considerando también como tal la lumínica. Incluso podía aplicarse en las zonas de clima más cerrado y en los meses invernales, cuando disminuyen las horas de luz diurna.

Por mi parte, recordando las fantasías infantiles y amparándome en los avances de la tecnología electromagnética, había comenzado a diseñar un vehículo que pudiera desplazarse por las vías urbanas, previamente acondicionadas, utilizando esa fuerza, lo cual suponía una revolución importantísima en el mundo del automóvil. Aquello significaba el fin de los rodamientos a base de neumáticos, algo que siempre me había parecido un sistema muy primitivo que llegaría a sustituirse en el siglo XXI por soportes electromagnéticos, los llamados popularmente ‘colchones de aire’, dotados de sistemas de control de alta precisión.

Todo iba bien, moderadamente bien habida cuenta de las dificultades del proyecto, hasta que inesperadamente sobrevino la catástrofe.

Hace dos años que un coche convencional atropelló a mi padre. Invadió la acera por donde el hombre caminaba hacia nuestra empresa y lo mató. La desgracia fue de una dimensión semejante a la de la paradoja.

Yo, ahora en solitario, continúo con el proyecto. Mi gran objetivo es conseguir la levitación magnética de los automóviles impulsada por energía termolumímica.

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