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El paso

“Un paso más”, se dijo. El sudor le resbalaba por el rostro mientras descendía lentamente por la duna. De este modo avanzaba con mayor rapidez, pero luego tenía que subir otra, y la marcha se hacía lenta, y pesada.
El camello debía estar enfermo. No tenía otra explicación mejor: el animal había muerto aquella misma mañana. El resto de la jornada la tuvo que hacer a pie. Bruno se maldijo por su testarudez. Podía haber cogido el jeep, como todo el mundo, pero no; había decidido hacer el camino en camello y entrar de esta guisa en la ciudad. “Será como una aventura”, pensó entonces. Ahora no le parecía tan buena idea.

Ya era bastante malo tener que hacer a pie lo que quedaba de camino, aunque lo peor no era eso. Bruno tenía que llegar a un sitio en el que nunca había estado y que jamás había visto. Era, además, una ciudad nueva. “Una ciudad de paso”, la había llamado Víctor, sin añadir nada más. Intrigado, Bruno lo acosó a preguntas, pero solo algunas obtuvieron respuesta. Era el proyecto más secreto de los últimos cincuenta años: una ciudad construida en mitad del desierto, como un oasis, y con las últimas maravillas de la tecnología (algunas, de hecho, pensadas y hechas para aquel lugar). No había fotos. No había planos. Solo unos pocos conocían su existencia, y de esos pocos eran menos lo que la habían visitado, ni tan siquiera diez. Bruno iba a ser su octavo visitante, pero para eso tenía que llegar.

Una cosa que no le habían dicho sobre el desierto era lo mucho que, en algunas cosas, se parecía a la playa. No en el agua, por supuesto: pero había arena por todos lados, e hicieras lo que hicieras se colaba por cada recoveco de tu cuerpo. El sol, también, era cegador. No sabía con seguridad si iba por buen camino. Había decidido caminar en línea recta porque eso era lo que el mapa señalaba (al menos, eso era lo que le parecía recordar). A las pocas horas de caminata sin descanso comenzó a dudar y sudar, y el pánico, como la arena, se coló en cada esquina de su ser. Tuvo miedo.

Intentó calmarse pensando en los pocos detalles que Víctor le había dado. “Tiene hospitales, gimnasios, parques, bibliotecas… y es totalmente autosuficiente”, había dicho. Bruno se preguntaba cómo era aquello posible: si estaba en mitad del desierto, sin corriente eléctrica, y sin usar combustibles fósiles, ¿de dónde sacaba la energía? Víctor se mostró esquivo. “Es totalmente autosuficiente”, repitió, enigmático. “El paso será la ciudad del futuro, Bruno. Mira a tu alrededor y sabrás de dónde saca la energía: del calor”.

Y era precisamente el calor lo que ahora le robaba energías. Se obligaba a caminar, con la esperanza de llegar a algún lado. Si la lógica surgía y le recordaba que el desierto no era una ciudad, y que podía caminar durante kilómetros y kilómetros sin ver un alma, la mandaba callar. Otra voz, una irracional, terminó por aparecer. Pensó entonces que, si no hay nadie que nos vea hacerlo, no podemos morir. “Soy inmortal”, se dijo, para darse ánimos. Y de verdad lo creía.

De cuando en cuando se hacía visera con las manos y, estrechando los ojos, buscaba alguna pista de que iba por buen camino. Podía imaginar los grandes edificios recubiertos de paneles solares. Era inútil, porque Víctor ya le había dicho que no era así como aprovechaban el calor en la ciudad. “Cuando llegues, lo sabrás”, fue la escueta respuesta.

Mientras caía la noche seguía subiendo y bajando dunas. Cada vez que llegaba a la cima echaba un vistazo en lontananza, buscando alguna luz. Pero nunca la encontraba. “Soy Pulgarcito”, se dijo, acordándose del cuento. “Y Pulgarcito no puede morir”, añadió, porque en el cuento Pulgarcito no se moría. Ahora se movía muy, muy lentamente, y ya no se atrevía a buscar la luz, distante o no. Porque si no la encontraba significaba que no había ninguna esperanza: y aún así, siguió caminando.

Ya no sabía si de verdad estaba andando, no era capaz distinguir si era real o se trataba de un sueño. Las piernas ya no le dolían, pero se movían, o eso creía. ¿Y si estaba soñando? ¿Y si, en realidad, quizá en la última duna, se había dejado caer sobre la mullida arena y se había dormido? Le pareció, sí, que era como un sueño… porque las piernas se le movían como solas, y no podía creer que siguiera teniendo fuerzas para ello. “Me caí en la última duna”, razonó, desalentado. “Me caí y me quedé dormido. No sé si estoy tumbado o sentado, pero no puedo estar despierto”. Se puso a pensar en si alguna vez alguien encontraría su cadáver, y si cuando lo viesen habría muerto definitivamente. “Estas piernas serán solo hueso”, se dijo, mirándolas. “Estas piernas”.

Y de pronto, por fin, se dio cuenta. Podía verse las piernas, aunque era noche cerrada, y en el desierto. Mantuvo la vista clavada en el suelo durante largo tiempo. Las lágrimas le asomaron a los ojos, soltó una carcajada nerviosa: después de todo, la voz de la razón se había equivocado. El desierto puede ser una ciudad.

Bajo sus pies la arena brillaba con una luz pálida, pero definida. Aquella luz emanaba del suelo: gracias a ella había podido verse las piernas. Había llegado a la ciudad. La tenía justo debajo.

Más adelante, tras unos minutos revolviendo en la resplandeciente luz que la arena arrojaba, encontró una de las numerosas trampillas. Lloró de alivio y sintió piedad por sí mismo. Las lágrimas resbalaron rápidamente hasta el suelo: durante años, esa fue la única agua que cayó en el desierto.

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