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El partido de las nubes

“La ciencia al servicio del hombre, y no al revés”. Con ese eslogan, el Partido de las Nubes ganó las últimas elecciones y, durante toda la legislatura, se afanó en cumplirlo mediante una inversión bárbara en I+D, que desconcertó a partidarios y detractores a partes iguales.

Se manifestaron los militares y gruñeron los banqueros por la congelación de sus fondos, pero el Partido de las Nubes no cedió a las presiones y el Sistema Descontaminante Global (S.D.G.) estuvo listo en la fecha prevista. Consistía el ingenio en un detector de agentes antrópicos instalado en las azoteas de los edificios, a modo de pararrayos, que inmovilizaban la fuente ponzoñosa y purificaban la atmósfera con un limpiador ultrasónico.

No fue ese el único avance, desde luego. El Partido de las Nubes –imbuido de las utopías activas de Moro, Campanella y Bacon– siguió trabajando para acomodar al hombre, como antaño, en el centro del universo, perdido tras siglos de negligencia y degradación.

Aliviados los pesares del cuerpo (¡uno salía a la calle y ya podía respirar y hacer deporte!), los ministros resolvieron que había llegado la hora de sanar las almas, y qué mejor receta que la de la enseñanza. En efecto, las viejas instituciones fueron clausuradas y, en el lugar de estas, se alzó un gigantesco templo del saber que los periodistas bautizaron como Castalia.
Los maestros lo eran por vocación y los alumnos –frente a su trasnochada función de simples gamellas– ya no podían pasar de curso sin demostrar antes su naturaleza creadora. Fue en Castalia donde se alumbraron las mejores ideas para el progreso de la nación (y a veces también las más peligrosas). De la noche a la mañana, se extirparon los cables que aún quedaban en las casas, se integraron todos los procesos de seguridad, limpieza y confort, y el mundo entero cupo en la palma de la mano.
En una entrevista, el jefe del Partido de las Nubes dio con la mejor definición de “ciudad inteligente”: “Es aquella que deja tiempo para que sus habitantes lo seamos”, y a la conquista del tiempo consagraría, precisamente, la segunda parte de su legislatura, que los cronistas calificarían como los “años visionarios”.

Los atascos fueron cosa del pasado cuando se empezaron a fabricar coches inmateriales y las prisas se camuflaron cuando los días, tras la reforma del calendario gregoriano –que a partir de entonces se llamó “núbico”–, sumaron 48 horas. En los parques, los simpáticos cronometradores, con su uniforme de manecillas a rayas, brindaban minutos a cambio de que el cliente pusiera luego su granito de arena en el mantenimiento de las Fuentes de la Felicidad, que empezaban a prosperar por todos los rincones y alegraban el espíritu a quienes bebían de sus aguas.

Los votantes del Partido de las Nubes no podían estar más satisfechos. Juntos, habían forjado una ciudad extraordinaria, perfecta, soñada por la ciencia pero trasplantada al mundo real por ellos. Si alguien se equivocaba –conscientemente o no– y, por ejemplo, reciclaba mal sus residuos, el sistema lo corregía al instante. Los jóvenes cerebros de Castalia, basándose en el electrophorus electricus, las anguilas eléctricas propias de los ríos Amazonas y Orinoco, habían proyectado un “avisador moral” que los ciudadanos, todos sin excepción, portaban voluntariamente en la muñeca para recordarles lo que estaba bien y lo que estaba mal mediante una pequeña descarga eléctrica que hacía cosquillas más que otra cosa.

Pero fue ese invento, ¡ay!, el que frustró las expectativas del Partido de las Nubes de reeditar su victoria en los siguientes comicios. Según las últimas encuestas, el Partido de los Adoquines ganará las elecciones por un amplio margen. Sus prebostes han armado su campaña con las balas de la mentira y la calumnia. De acuerdo con el jefe de esa formación, el “avisador moral” fue el responsable de la muerte de dos ciudadanos, que, en el período de prueba del instrumento, sufrieron una descarga superior a 5.000 voltios tras tirar una colilla al suelo y no dar los buenos días al lechero, respectivamente.

Infundios, nada más que infundios, pero la batalla está perdida y el líder del Partido de las Nubes lo sabe. Sabe que muchos jalearán su fracaso cuando en el balcón del Palacio Presidencial asuma la derrota ante sus seguidores. Las manifestaciones de los militares y los gruñidos de los banqueros fueron solo el principio. Al final, ganan siempre los mismos, los estúpidos que anhelan vivir en ciudades estúpidas, en esas oquedades donde cohabitan los amos y sus bestias.

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