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El país de las tentaciones

No es bueno que el hombre esté solo.
GÉNESIS

I



Ella es una mujer cúbica. Me gusta su ombligo equilátero y sus ojos romboides, pero prefiero (por encima de todo) sus tobillos en forma de trapecio; los prefiero a mi suegra (la señora Hipoteca) que me espera en casa. Me fascina todo lo que veo en ella, pero créanme, me fascina todavía más aquello que no veo. Creo que voy a quedarme. No, no lo creo. Lo sé. Estoy seguro. Nunca lo estuve como ahora. ¿Creen ustedes que me tomaré la molestia en saber si es un ser real o sólo producto de mi imaginación? En la precaria situación en que me encuentro (sin compañeros de viaje ni nadie que me eche de menos en la Tierra), avanzo directo hacia ella y me considero, a todos los efectos, un nuevo habitante del País de las Tentaciones.

II

El hombre más buscado en el País de las Tentaciones es el hombre que no secundó a sus compañeros (¿recuerdan?: “9 de cada 10 dentistas recomiendan…”). Me impulsan a partes iguales la curiosidad y la codicia (la recompensa es... definitiva).
7 mares y 7 lunas circundan el País de las Tentaciones. De los 7 pecados capitales sólo queda uno (la Gula acabó con los demás).

Hombres, máquinas y animales conviven en paz y armonía. La raza de los números se extinguió hace algunos años; un obelisco de plata recuerda la figura de su cabecilla rebelde.

Lo peor de algunas máquinas es que no saben que son humanos.

Lo peor de algunos humanos es que no saben que son máquinas.

El descubrimiento de que el homb… No. El ser más buscado en el País de las Tentaciones es una dentista me causa cierto desconcierto. Ella lo nota pero no hace nada para expresar sus emociones. Me acuesto con temor en el sillón del paciente; he tenido alguna dificultad: mi pinza metálica obstruía el cierre del cinturón y mis sensores han notado que rozaba la cintura de la mujer. Ella me da un beso futurista con una violencia inusitada. Descubro (con horror, con desilusión) que una gota de sangre emana de mi labio inferior, convertido ahora (y para siempre: eso es lo peor) en un labio humano. Acaricio (con repulsión, con náusea) el cable rojo que se esconde bajo su piel, una piel antes humana, convertida ahora (y para siempre: eso es lo peor) en una piel artificial.

III

... Eso es todo.
Es decir, nada; o casi nada. El ordenador había decidido suicidarse, o al menos, así lo atestiguaba un GAME OVER que no venía a cuento y que ocupaba toda la pantalla. Sus últimas palabras habían sido (los corchetes son reconstrucción mía): Nave espacial bloq[ueada]... motores dañ[ados]... Aband[ono]... Bienvenido al País de las Tentaciones, para acabar con un formal Eso es todo que no merecía tras más de 10 años de servicio juntos y absoluta dedicación al cuerpo, para verme así, solo, en un lugar desconocido.

Miré al cielo, o al lugar donde se supone que debía encontrar un cielo. En su lugar vi los contornos de lo que parecía ser un sofá de piel inmenso, oscuro y prohibido, que cubría el cielo tentacional.

Mi primer encuentro con un ser de la zona fue breve. Un guía turístico con un poco de mostaza en la barbilla se dirigía hacia mí, pacífico, cuando lo desintegré (No tenía ninguna certeza de que aquello que vislumbré como “apariencia de guía turístico” fuera realmente un guía turístico; nada me aseguraba de que aquello que vi como “apariencia de mostaza” fuera realmente mostaza y no otra cosa.)

La segunda vez decidí arriesgarme. Un segundo guía turístico gemelo del primero me hizo señas para que me aproximara a él. Conjeturé que era gemelo porque era igual que el primero, salvo en el detalle que no tenía mostaza en su barbilla (Deseché la opción que fuera el primer guía turístico, que se hubiera limpiado la barbilla: esa mostaza parecía ser un miembro más de su cuerpo, como el codo que, invariablemente, une brazo y hombro.)

A medida que me aproximaba a él, ella se fue despojando del disfraz (aunque debiera decir caparazón), para mostrarse risueña y tentadora.

El complicado funcionamiento de la sociedad tentacional me obligó a acogerla, primero como esposa, después como criada y, finalmente, como esclava. Yo violé esa norma y lo pagué caro. Transigí (después de muchas vacilaciones y súplicas de ella) en hacerla mi criada; pero mi negativa a que fuera mi esclava chocó con las leyes del País. Confié, ingenuamente, que sería suficiente con darle la apariencia de esclava en nuestras relaciones con la sociedad. Me equivoqué.

Una tarde, patinando con mi hija (esclava de su madre y criada mía) resbalé y caí al suelo; lo peor de todo fue que no sentí dolor y sí, en cambio, un cloc y clanc inconfundibles. A las pocas horas dejó de crecerme la barba, y el tórax adoptó una forma decididamente femenina. No sabía quién era. No sabía lo que era. Sólo hay algo que pueda salvarme: esperar la llegada de un nuevo náufrago en el País de las Tentaciones.

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