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Torre

Él caminaba la ciudad de una punta a la otra junto a su carruaje y su perro. Juntaba las cosas que la sociedad desechaba. Un día en su casa no tuvo más lugar para amontonar los desechos, entonces los amontonó en el patio delantero y trasero. Luego en el techo. Esto duró años, porque cada día volvía con más y más cachivaches; sillas, maderas, plásticos, vidrios, hierros, chapas…. .

Él era muy prolijo y minucioso, y cada cosa que juntaba la organizaba por material, tamaño, forma, uso, ubicándola de tal manera que ocupaba el menor espacio posible. Todo este inventario de desechos estaba en su cabeza, pero también estaba a la vista de sus vecinos. Estos lo acusaron de sucio y enfermo, se quejaron de los malos olores, de las ratas y de tener un basurero a cielo abierto. Lo echaron del barrio con una simple denuncia. Su hermana, que lo cuidaba como a un hijo, le dio una mano y le compró un terreno en las afueras de la ciudad. Allí llevó todo lo que había recolectado durante años y con todos los desechos hizo los cimientos de una construcción que sería su casa. Utilizó todos los diversos materiales desechados por los vecinos. Trabajó sólo en compañía de su perro, de sol a sol y por supuesto comiendo a costa de su hermana. Su labor continuó por décadas, cuando se quiso acordar su casa era enorme y llamaba la atención a las personas que entraban y salían de la ciudad. Luego la casa siguió trepando en altura. Prolijamente, le creó escalones con diversos tipos de maderas. Con los plásticos le hizo paredes, con las botellas ventanas, con los hierros la estructura y todo era diferente y le agregaba lajas rotas, viejas, bolsas, ladrillos y nada se repetía, las botellas quizás eran pisos, los plásticos ventanas y los hierros paredes.

Un día los vecinos de toda la ciudad se quejaron enérgicamente, dijeron que él había estropeado la entrada a la ciudad con una pila infinita de basura. Las quejas se multiplicaron y le quisieron prender fuego a la casa. A él lo volvieron a catalogar de enfermo. Pero no había enfermedad que lo detuviera, no había lluvia, ni tormenta, ni vecinos. Ni siquiera el huracán que azotó el pueblo. La casa era muy fuerte y estaba sólidamente construida. Él siguió con su tarea diaria y la casa pasó a ser otra cosa, pues ya no se le podía decir casa. Se transformó en la edificación más alta de la ciudad y la apodaron torre. Torre de basura para los vecinos. Desde la torre de basura se tenía la mejor vista de la ciudad.

Las décadas cambiaron las quejas de los vecinos por el dinero de los turistas que paraban frente a la torre para verla, asombrarse, subir y ver la postal de la ciudad. Luego pasaban el resto del día gastando su dinero dentro de la ciudad. La torre de desechos era fruto del pasado de cada uno de los últimos sesenta años de los habitantes de la ciudad y había sido construida por un sólo hombre, sin ayuda de nadie; solitario, mudo, amante de los perros del que nadie jamás supo el nombre.

En sus últimos años declararon a la torre de interés municipal, eco-lógica, reciclable, eco-friendly etc. Luego de interés provincial y más tarde de interés nacional. Para muchos arquitectos y artistas la torre era una obra de arte. Él siguió trabajando hasta el último día de su vida en el proyecto. Con el dinero de los turistas le compró a su hermana una casa frente al lago. Los turistas se multiplicaron año tras año, viajaron de los rincones más remotos del mundo sólo para observar la torre de desechos.
Un día todas las ciudades del mundo quisieron su propia torre de desechos y los mejores arquitectos presentaban sus proyectos. Entonces la palabra desechos resultó más bonita a los oídos de todos los hombres.

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