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Cuando la luz se fugó

Ahora parece que reina la calma, pero es engañoso, en esta parte de la ciudad la luz ha desaparecido, no se ha apagado, sino que ya no existe, se ha ido, como otras tantas cosas que antes teníamos y en este momento sí podemos extrañar.

Creo que por la ventana he visto algo caer del decimoquinto piso del edificio de enfrente, era algo pesado, grande, gelatinoso y a la vez delicado. Era el cuerpo de un ser humano. Llegados a este punto no puedo saber si se ha tirado o lo han tirado, es demasiado confuso. Pero ese pobre ser humano ahora está acabado, antes o después se habría dado cuenta.

Hace cuarenta y ocho horas los aspersores que quitaban de la atmosfera cosas tan pequeñas y molestas como el polen, algún tipo de ácaro y toda la polución, ahora están en el suelo, muertos, rotos y con su caída también han matado a unos cuantos transeúntes. Pero a mi me da igual, ya no importa, nada importa, porque la luz se ha ido, se ha fugado y nada parece que vuelva a estar bien.

Quizás todo comenzó en los buenos tiempos, seguro que comenzó en los buenos tiempos, pues en esos momentos nadie piensa más allá, y todo lo malo que ocurre comienza en las épocas de bonanza económica, alegría espiritual y sonrisas sesgadas por las vacas que están hinchando, que con el tiempo explotarán y salpicarán a todos con sus heces. Pero eso nunca se pensaba antes, sólo se piensa ahora cuando todo ha terminado.

Desde mi ventana sur puedo ver la pura oscuridad, en estos momentos no veo nada mejor que hacer que sentarme y mirar como la oscuridad se come todo. Me tomaría una copa, pero la prohibición de dos mil quinientos veintitrés fue tajante: nosotros no podemos beber alcohol. Da igual, puedo vivir sin algo que desde hace quince años que no pruebo.

En cambio, en la ventana norte, es todo luz, un siniestra y macabra luz que esta comiéndose edificios enteros a mi vista, que está levantando escombros de la nada. La revolución que comenzó hace horas, ahora culmina en lo más básico: piedras, palos, sangre, carne, huesos y fuego. Nunca había visto el fuego, ni tan siquiera de lejos, pero estas llamas que lamen los edificios como ardor y que los convierten en basura, son sin duda algo nuevo para muchos.

Pero yo prefiero mi ventana sur, donde sólo la oscuridad reina. Me da por pensar en el tiempo en que todo brillaba, ¿quién iba a pensar que las luces artificiales finalmente cederían? Eran perfectas, decían, extraña maquinaria que no hacía falta explicar a un pueblo enseñado, amaestrado y complacido con las ventajas del callar.

Ahora ya no calla nadie. ¿Es mejor? No para mí. Van por el décimo piso. Sólo me quedan tres.

¿Cuántas veces puede nacer alguien? Yo lo he hecho dos veces, según el microchip que llevo implantado en el brazo. Primero pensaron que lo mejor era identificar a los ciudadanos por el ojo. El maldito ojo humano, tan complejo, tan único, tan delicado. Pero algunos científicos pensaron que los ojos son mutables, cambiables y sobre todo extraíbles. No, no son buenos para la revolución que tenían en mente. Así que nos convencieron, votamos y ahora todos llevamos este microchip.

Hace cuarenta y ocho horas, si una persona paseaba por la calle se le ofrecían anuncios personalizados a sus gustos, pero si iba a tener un infarto saltaban todas las alarmas y el equipo médico estaba media hora antes a su lado, pues el microchip había medido los niveles y algo iba a ocurrir. En nuestro tiempo no nos morimos de viejos, nos morimos de puro aburrimiento o por estar en la ventana inadecuada en el momento menos oportuno. Han subido un piso más.

¿Hasta que punto la utilidad o la conveniencia se introdujo en la vida de las personas hasta dejarlas sin libre albedrío? Yo te lo diré, entró en su casa, se sentó en su sofá, se bebió una cerveza y luego se tiró a su mujer.

Nosotros llegamos después.

Mientras la ciudad subterránea era la más brillante obra de ingeniería creada por el hombre, nadie moría fácilmente, la luz era permanente, no dañaba a los ojos, no había cáncer, se había erradicado y en las noches la seguridad era plausible gracias a la sencilla identificación de los delincuentes, por las cámaras que vigilaban la ciudad. Los seres humanos se sentían seguros, pero también acomodados, algo más había que hacer.

Algunos lo llamaron aberración. Han subido dos pisos de golpe. Otros, modernidad, y los más rezagados, locura. Pero el híbrido entre humano y máquina era más que plausible. Y llegó y se quedó. Hasta hace cuarenta y ocho horas éramos la cúspide de la pirámide, éramos lo imposible y lo posible. Ahora somos ratas y nos quieren cazar. Pasamos de ser la salvación, la inmortalidad… al miedo y el desconocimiento.

En una ciudad pensada para el ser humano, para sus necesidades, donde todo está controlado, también estaba descontrolado para ellos, pues nos pusieron a nosotros en los puestos bajos y a sus grandes mentes brillantes en los altos. Somos terror y miedo, cuando no se dan cuenta que no hay nada en el mundo más terrorífico que ellos.

En el piso número doce han tenido trabajo, estarán cansados.

Se hace extraño ver el cristal empapado en gotas de agua, será la condensación, antes había nano robots casi imperceptibles que limpiaban todo. En toda mi segunda vida nunca he visto algo sucio, es una palabra hueca, vacía para mí, pero si quizás recordara la primera, tendría algún sentido. El único olor que he percibido ha sido el de los árboles y plantas que hay a mí alrededor. Sin embargo, ahora se cuela un olor húmedo, duro y pesado entre mis ventanas, viene del norte. No puede ser la muerte, porque ella llega cabalgando por las escaleras de incendios y va liquidando a todo el que pasa.

Yo he nacido dos veces, y siempre he tenido la oportunidad de elegir, a veces sabiendo que estaba mal, que las estadísticas no estaban conmigo. Ahora me ocurre lo mismo, tengo dos caminos, esperar a que llegue la muerte por la puerta o encontrarme yo con ella por la ventana. En este lugar donde nadie muere fácilmente es curioso saber que yo elijo morir.

Con el tiempo alguien se dará cuenta de que morir no es el fin, yo he nacido dos veces, ahora voy a morir dos veces y creo que afrontaré la muerte cara a cara, como esas personas que vivieron hace cientos de años y que morían sin querer, sin saber cómo. Y quizás en unos años me despierte de nuevo, en mi ciudad luminosa, donde todo era bueno y nadie tenía miedo, olvidándome de esta vida, pero sabiendo que la tuve y que la puedo volver a tener.

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