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Ciudad sin semáforos

Recuerdo cuando malgastábamos dos horas en los desplazamientos. De casa al trabajo y del trabajo a casa. Soportábamos treinta grados asfixiantes o perecíamos bajo las tormentas de granizo. Esperábamos en las estaciones de autobús, metro y tren. Cogíamos el coche para inyectarnos entre las venas trombosadas de la urbe. Recordad. Contaminación, ruidos, nervios e irritación.

Era un caos organizativo.

Las metrópolis estaban mal repartidas. Si vivías en el extrarradio, la pérdida de tiempo entre tu hogar y el trabajo se hacía desesperante.

El crecimiento suburbano, esa alfombra larga compuesta por pequeños bloques parcelarios, había alejado al hombre del hombre.
Nos preguntábamos cómo sería posible solventar el problema, cómo ahorrar esos preciados movimientos innecesarios del reloj.

Muchas soluciones fueron propuestas, y se optó por una medida radical: eliminar cada semáforo.

Me pregunto si habéis reparado en la inutilidad de semejante artefacto. Ahora transitamos libres de esos instrumentos atrofiantes, pero antes estaban en cada esquina. Nos miraban, nos limitaban, nos estresaban.

Resulta curioso cómo la sociedad no reflexiona acerca de determinados elementos solo porque están ahí. Habíamos crecido bajo el edicto de sus tres luces: roja, ámbar, verde. Ellas decidían cuándo moverse y cuándo no. Ejercían de mediadores indiscutibles entre los hombres y las máquinas. Era así, y punto.

Preguntar acerca de su eficacia rozaba la blasfemia. Podrían tacharte de cínico trastornado. O sencillamente de idiota. Su reacción era comprensible. ¿Cómo regular, sino, el tráfico en los pueblos, en las ciudades, en cualquier lugar del mundo?

Decididamente, suprimirlos parecía una utopía.
Hasta que se hizo.

Esos iconos indiscutibles de las últimas décadas desaparecieron. Durante varios días hubo cierto desorden, aunque el flujo natural de prioridades se restableció tras aceptar su ausencia.

Entonces pudieron contrastarse los resultados.

La tensión compartida entre peatones y conductores cambió a un estado mental relajado. Antes estábamos más preocupados por la alternancia de las luces que por nuestro entorno; ello nos restaba percepción y cometíamos infracciones involuntarias. Nos alentaba a conducir peligrosamente. Acelerones y parones en seco. Arranca y frena, arranca y frena, arranca y frena. Para no esperar bajo la luz roja, algunos coches arrancaban bruscamente; otros se detenían de golpe. ¡Crash! Sabéis a qué me refiero, ¿verdad?

Paralizaban innecesariamente la circulación orgánica y eso causaba frustración. En cada parada se formaban coágulos sin sentido. Era una sensación muy desagradable, aguardar en la acera cuando ningún coche pasaba. O el cabreo por permanecer como un idiota sujetando el volante sin poder avanzar. Cuánto tiempo perdido. Y aún más problemas. Imaginad la contaminación producida por todos esos motores, el combustible desperdiciado. Querían ciudades limpias: difícil con millones de tubos de escape expulsando humo y deteniéndose cada dos minutos.

Un factor inesperado fue el descenso de la delincuencia. Habéis oído bien. Imaginad que soy un ladrón y quiero lucir reloj nuevo. ¿Quién mejor para atracar que a ese pardillo solitario bajo el semáforo? Pero si no hay semáforo, no hay crimen. Tampoco víctimas de empujones que las podrían arrojar contra las ruedas del camión. Esos grumos de gente quieta eran peligrosos. Un codazo, un despiste, y adiós.

Los tiempos de viaje se redujeron, tanto para los vehículos como para las personas. Las arcas del Estado no tuvieron que gastarse un dineral en mantener el sistema operativo y ello compensó con creces la falta de recaudación por multas de tráfico.

Y lo mejor: descubrimos que el ser humano es más civilizado de lo que pensábamos.

Estuvimos muchos años bajo la tiranía del semáforo, tantos como para convertirlo en elemento indispensable del mundo moderno. Creímos en su método limitante.

Sin la expectación hacia aquel vetusto objeto, sin tenerlo presente como algo fijo e inmutable, nuestra conciencia se abrió para permitir una circulación fluida y racional. Nos volvimos más lúcidos, mejores ciudadanos. Los accidentes se redujeron drásticamente.

Aunque quedaron algunos inconvenientes que resolver, el siguiente paso fue establecer un sistema de carreteras especializadas para el libre tránsito.

Ahora compartimos una ciudad menos caótica, menos ruidosa, menos contaminada. Y lo agradezco. Seguro que las personas del siglo XX querrían contemplar el cambio conseguido mediante la eliminación de aquel sistema antinatural.

Tan simple y a la vez tan efectivo.

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