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Ciudad del Sol

El sol brillaba con fuerza aquella mañana de primavera. María se asomó al ventanal de su habitación y abrió los cristales para que entrara el aire puro de la mañana. Aún recordaba los ruidos y el mal olor de su antigua ciudad. Cómo las calles, repletas de vehículos humeantes, ensordecían el canto de los pájaros. Pero desde que consiguió hacerse con el pase para la máquina del tiempo, y viajó hasta la Ciudad Del Sol, la cosa era diferente. Apenas se escuchaba el rugir de los motores. Los animales habían regresado a las ciudades y se había creado un equilibrio natural entre todos los seres vivos del planeta. Los viajes en el tiempo estaban organizados por una empresa ubicada en esa época. Indignados por el trato que le dieron al planeta las generaciones pasadas, decidieron organizar los viajes con la idea de que, los que vinieran, abrieran los ojos y tomaran conciencia de lo que en realidad era importante. La vida.

Hizo su cama y se acercó al comedor a prepararse un café.

La estancia tenía su propia vida. Las plantas, encargadas de generar el oxígeno que cada habitante estaba obligado a generar, crecían frondosas y verdes. Y en el centro de la misma, una preciosa cascada de agua limpia mantenía la temperatura y la humedad que necesitaba. Cogió la taza y se la acercó a los labios mientras hundía su mano en el agua.

Miró su reloj. Faltaba poco para la reunión que tenía en el Centro Internacional de Comunicaciones. Cogió su chaqueta y bajó por el tobogán hasta la planta baja. Al bajar, la fuerza de rozamiento generaba energía que luego era utilizada para el ascensor.


María abrió el mapa que le dieron al bajar de la máquina. El CIC estaba a un par de kilómetros de allí.


El robot, acostumbrado a tratar con personas ajenas a la ciudad, buscó la información en la Red Universal de Ciudad del Sol.








María ya se fijó en ellos al llegar. Estaban formados por una rueda, como su nombre indica, y tenían dos plataformas estrechas donde se colocaban los pies. Estaban colocados sobre una plataforma solar con la que se recargaban de energía. Y, para poderlos guiar, la pantalla salía de la base y se sostenía frente al usuario gracias a los imanes que poseía.





Al salir al exterior, la belleza de la ciudad la dejó impresionada como el primer día. Los edificios, con jardines verticales donde habitaban animales de diversas especies, limpiaban el aire de la polución que, inevitablemente, se generaba. Las avenidas eran amplias, con carriles específicos para cada vehículo, que avanzaban con rapidez por ellos.

Al pasar junto al Museo, sus ojos se abrieron por la sorpresa. Una majestuosa pirámide cristalina se presentó ante ella. Pasear la vista por aquel edificio, con esculturas de todas las eras, era como pasearse por la historia de la humanidad.

Llegó al CIC.

Un hombre trajeado salió a recibirla.




Caminaron a través de largos pasillos donde hombres y robots charlaban con calma. El hombre se detuvo frente a una puerta.

María afirmó con la cabeza y abrió la puerta.
Michael, el coordinador de su proyecto, ya estaba allí.



Mientras se sentaba, entraron tres personas más a la sala.

Los dos que acompañaban al tipo que hablaba se sentaron.







María miró a Michael.

Regresarían al pasado. A sus vidas. Pero con la misión de luchar por alcanzar el futuro que acababan de conocer.

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