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Arterias de neón


Vinilo salió corriendo de la cocina y derrapó justo enfrente de la boca de entrada de la cámara del viejo. El hombre estaba inclinado sobre su mesa de trabajo. Sus manos manipulaban y seleccionaban con sumo cuidado las semillas que esa misma primavera plantaría en la cubierta vegetal del tejado: tomates, calabacines, cebollas y otras hortalizas con las que alimentar a toda la familia y a buena parte de vecinos del edificio.

Ozono levantó la mirada y le recibió con una sonrisa fresca y amplia; los hoyuelos de su barbilla y de las comisuras de sus labios se volvieron profundos y acogedores, y sus ojos oscuros se iluminaron al reflejar en sus pupilas el rostro de su nieto apoyado en la pared. Vinilo le explicó que necesitaba información sobre algunas especies vetustas para un trabajo de la Academia, que no encontraba nada sobre los delfines en ninguna base de datos y que había recurrido a él por el más anciano y, por lo tanto, el más sabio de la familia.





El niño se sonrojó y se cubrió la boca con la mano izquierda, agachó ligeramente el cuello y negó con temor.

A los pocos minutos, Vinilo y Ozono pedaleaban cogidos de la mano por la metrópolis. Los árboles desprendían sugerentes aromas a su paso, el sol se colaba entre las ramas y calentaba el rostro de los dos, los animales herbívoros descansaban tranquilamente en las zonas habilitadas a la sombra, y las aves iban y venían como en una danza ensayada desde la Antigüedad. Vinilo se entretenía observando, como siempre, las pequeñas briznas de luz que surgían bajo las ruedas de su ciclo al friccionar con el pavimento y que se distribuían en finísimas ramificaciones hasta llegar a los descomunales edificios y proveerlos así de electricidad: le parecían arterias de neón. Al otro lado de la vía, los largos vehículos solares del Anillo Gubernamental se detenían en cada uno de los rascacielos traslúcidos para dejar subir o bajar a los ciudadanos que por cualquier motivo no habían podido disponer de sus ciclos para sus desplazamientos cotidianos.


Vinilo miró hacia arriba, hacia el frente y hacia los lados.

Ozono suspiró profundamente, escaneó el horizonte desde su perspectiva y repasó lejanos días en su memoria ancestral.

Vinilo trató de imaginar el panorama que describía su ascendiente, pero su mente impúber no podía concebir algo tan horrible y descabellado. Estaba a punto de preguntarle de dónde provenía todo aquel humo del que hablaba, cuando Ozono detuvo su ciclo y señaló una nave azulada con aspecto de onda en la que podía leerse en los Tres Idiomas Universales: Museo del Mares.

Tumbados en dos cómodos habitáculos, con sus cascos de realidad virtual enfundados en el cráneo, y conectados por los dedos a los sensores de estimulación sensorial, ambos disfrutaron durante más de una hora de los tonos turquesa del agua, del sonido de las olas y del aroma de la sal. Un sinfín de seres de todos los tamaños campaba a sus anchas en aquella masa líquida que parecía no tener final. Al ver pasar una escuela de delfines haciendo espectaculares cabriolas, Vinilo detuvo la proyección y empleó largo rato leyendo todos los datos que existían al respecto que aquellos preciosos animales. Su corazón palpitaba acelerado y su respiración se entrecortaba de tristeza y de dolor. Una vez fuera, no pudo evitar continuar con su interrogatorio.




Vinilo hizo una mueca de asco, y a Ozono se le escapó una risa al contemplar la expresión facial del mocoso. Después, nieto y abuelo montaron en sus respectivos ciclos y se dispusieron a regresar a su hogar.

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