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Año 2092

Corría el año 2092, el cielo lucía su, tan característico, tono violáceo. Las gotas de lluvia se precipitaban contra el pulido suelo gris, con un cadente repiqueteo que permitía que Ilse se perdiese en sus pensamientos, ensimismada, observando la cristalera del museo del automóvil, admirando un viejo Ford T de 1908. Se imaginaba subida al volante de tan extraña y antigua máquina, con su larga melena castaña al viento, con un traje de cuero y esas raras lentes, que lucía el maniquí junto al automóvil.

Ilse se vio reflejada en el cristal, llevaba el pelo rizado y suelto, una gabardina beis y unas botas altas de cuero marrón, llevaba el cuello envuelto en una vieja bufanda que su abuela le regaló años atrás. Salió bruscamente de sus pensamientos al oír el pitido de un transporte que se desplazaba ligeramente sobre su cabeza. La joven levantó la mirada y la tranquilidad que reinaba a su alrededor desapareció al ver el enjambre que bullía en todas direcciones. Las lanzaderas, los transbordadores y los transportes se cruzaban incansablemente.

Todo ese bullicio molestaba en demasía a Ilse, que prefería caminar por el suelo y perderse entre las copas de los viejos robles, las encinas, los tejos y los abedules que llenaban el bosque que había entre el bloque de viviendas número cuatro del distrito central, en el que vivía, y el edificio de educación en el que impartía clases de historia.

Ilse se sentía muy afortunada de poder vivir en el distrito central, pues desde muy pequeña estaba enamorada del bosque que poseía el distrito, el mayor y más antiguo de toda la ciudad. Ella tenía la imperiosa necesidad de ver, de palpar, de respirar, de sentir la naturaleza, cosa casi imposible en las ciudades. Las urbes se habían vuelto frías y vacías, eso sí, unidas, limpias, eficientes e igualitarias, pero en definitiva frías y vacías, muy deshumanizadas, puesto que prácticamente nadie conocía a nadie y las relaciones humanas habían quedado relegadas a meros contactos a través de los dispositivos móviles ubicados en pulseras. Dichos dispositivos permitían la comunicación, así como, el uso de internet, e incluso, era el medio de identificarse y de realizar pagos en las tiendas de los distritos.

La ciudad estaba muy bien organizada, el suelo estaba reservado para estacionar y para todas aquellas personas, que como Ilse, disfrutaban con algo tan trivial como caminar. El cielo estaba infectado de lanzaderas, transportes y transbordadores que se usaban como transportes. Los edificios eran altos, tan altos que se clavaban profundos en el cielo. Los bloques parecían hormigueros que hervían de actividad, en algunos casos, las veinticuatro horas del día. Los servicios estaban totalmente automatizados, y los androides se encargaban de procesar todos los residuos generados por la urbe para reutilizarlos de forma eficiente, nada se desaprovechaba. Todo funcionaba como pequeños engranajes de un enorme reloj. La joven profesora dejó a un lado sus divagaciones y pensamientos, comprobó la hora, y se dirigió hacia el edificio de educación.

El edificio se erguía majestuoso por encima de las copas de los árboles del bosque, la entrada era enorme y poseía la apariencia de un antiguo edificio griego. Ilse llegó a las puertas de seguridad, paso necesario para entrar en los edificios, si no se tenía una acreditación necesaria, no se accedía a los complejos. Deseó los buenos días al joven guardia y pasó su pulsera por el lector. El marco de la puerta se iluminó de verde y la joven pudo traspasar las puertas.

Se dirigió hacia la entrada del edificio. Sobre la puerta, en unas enormes letras doradas se leía: “Academia, el Templo del Conocimiento”. Entró en el zaguán del bloque, un enorme vestíbulo rodeado de columnas con el enorme escudo de la academia en el suelo de piedra pulida. El escudo estaba partido en dos, en fondo azul una escuadra y un compás dorados y en fondo negro una pluma y un papel blancos. En la pared del fondo se elevaba soberbia una estatua de Aristóteles, presidiendo todo el zaguán. Cruzó el vestíbulo y entró en el ascensor de la derecha, marcó el piso quince y esperó.

Al llegar al piso tomó el pasillo de techo alto y suelo brillante y entró en clase. Treinta alumnos de doce años la esperaban sentados.



Ilse se dirigió al estrado bajo la pizarra y comenzó a hablar:

Los jóvenes estudiantes miraban, como de costumbre, ensimismados a su profesora. Ilse tenía un don, todos los que la oían caían irremediablemente en el embrujo de sus palabras. Tenía el don de la palabra, y el conocimiento y la humildad necesarios para emplearlos.

La clase finalizó, e Ilse abandonó el edificio. Se dirigió rápidamente a casa. De camino a casa compró, en un puesto de comida china, una sopa de pollo. Entró en el vestíbulo del complejo y se dirigió a la planta ciento doce, a la puerta quinientos siete. Soltó rápidamente todas las cosas que llevaba y subió a la planta ciento veinte, bajó del ascensor y subió por las escaleras de servicio hasta la azotea.

Desde esa posición tenía una visión perfecta y casi total de la ciudad. Le gustaba subir tan alto para relajarse, contemplando maravillada como el resto del mundo no se detenía ante nada. Los transportes llevaban sus mercancías en todas direcciones. Las lanzaderas entraban y salían de los hangares de los complejos comerciales. Los transbordadores paraban para dejar y/o recoger personas, con sus vidas atareadas. Los androides de servicio trabajaban incansablemente, a un ritmo frenético recolectando, limpiando, cargando y transportando todo lo que se desechaba en los complejos. Toneladas y toneladas de materiales entraban y salían de los complejos. La mayoría de los edificios poseían una cara completa compuesta por placas fotovoltaicas que alimentaban de energía eléctrica todo el complejo de viviendas. La calefacción y el agua provenían del subsuelo. Cada bloque era autónomo, ya que poseían varios niveles subterráneos que se encargaban del abastecimiento y mantenimiento de las necesidades básicas de cada complejo.

Ilse sonreía mientras su melena era revoloteada por el viento. Sonreía porque sabía que todo eso era posible, gracias a los avances de las generaciones pasadas, gracias a ellos la ciudad era magnífica. Era la caja que contenía los pequeños engranajes que hacían posible el funcionamiento del enorme reloj que es la vida humana.

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