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Anabela y el Iwaju

Esta es la historia de una niña llamada Anabela y de un Iwaju llamado Shoon.

Anabela bajó de la cama y Shoon, extendiendo unas pequeñas alas, voló hasta la niña, cogiéndole su dedo índice y llevándola hacia una de las paredes de la habitación.
Entonces Shoon comenzó a pintar sobre la misma pared una puerta y después un pomo. Al terminar le pidió a la niña que la abriera.
Anabela, completamente hipnotizada por lo que estaba sucediéndole, sin titubear lo más mínimo acercó su mano hacia el pomo dibujado por el Iwaju y lo giró. De repente, y como por arte de magia, la pared dejo de ser pared y la puerta se abrió.
Lo siguiente que sucedió fue verse a ella misma montada encima de Rosita, un antiguo coche de juguete que le regalaron por su sexto cumpleaños, con Shoon, el Iwaju, posado sobre uno de sus hombros y sobrevolando el cielo.

La niña medio llorando y enfurecida dirigió a Rosita hacia la nube que Shoon le había indicado y nada más entrar en ella una inmensa luz la cegó por completo durante varios segundos. Cuando de nuevo pudo abrir los ojos se sintió feliz. La angustia había desaparecido.

De repente el pequeño Iwaju y Rosita se evaporaron por completo. Las casas y la gente desaparecieron como si jamás hubiesen estado ahí y Anabela comenzó a caer hacia el suelo a gran velocidad. Y entonces se despertó.
La pequeña abrió los ojos, miró a los pies de su cama buscando algún rastro de Shoon, pero allí no había nadie. En ese instante lo comprendió todo.
Anabela había recibido una misión muy importante. Debía hacer lo posible por construir un futuro mejor para todos los habitantes de su ciudad. Había aprendido la lección que le había enseñado el Iwaju y por nada del mundo quería convertirse en aquella mujer enferma y sucia que había visto al lado de aquella fuente sin agua.
La madre de la niña entró en la habitación y se extrañó al ver que su hija estaba despierta y sentada sobre la cama.

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