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Ambar bajo carbón


Ella le miró largo rato, sopesando sus palabras, intentando no fijarse en nada de lo que había a su alrededor, ese mundo que hasta ahora era todo lo que había visto, pero después de ese día ¿Cómo olvidar todo lo que estaba arriba? ¿Cómo pensar en todas esas personas que la habían ignorado mientras realizaba su misión sumidas en ese maremagnum de destrucción y polución? ¿Cómo olvidar la sensación del aire en la cara?

Se habían conocido hacía algo menos de un año, Samuel era un joven pero experto recolector al que habían asignado la clase de historia del último curso, ella quería subir a la superficie, así que bebía las palabras que decía, las historias que contaba, por muy increíbles que parecieran entonces, no obstante, en aquel momento sabía que todo lo que había dicho era cierto y se planteó cómo era posible haber llegado a esa situación, cómo era posible que la ciudad de arriba y la de abajo fueran tan distintas, ¿por qué los habitantes de arriba no sabían nada de ellos? Si, lo sabía, las clases de historia la habían dado esos conocimientos, pero no entendía esa dejadez, esa forma de ignorarlos a ellos, de obviar todo lo que sucedía.


La historia de la ciudad subterránea era algo que llevaban escuchando toda la vida, era natural que la mayoría no sintiera demasiada curiosidad, Samuel lamentaba comenzar cada año con la misma historia, pero tenía que empezar por el principio, hacer que poco a poco fueran entendiendo el cambio.

El tiempo dio la razón a Samuel, aquellos alumnos que en la primera clase habían prestado atención a la historia que ya conocían, fueron los que encaminaron sus pasos para el ascenso, entre ellos se encontraba Tessa, a la que ahora estaba abrazando, después de que hubiera vuelto de su primera recolección.


La mujer le hizo caso mientras se despojaba de las mugrientas ropas que la cubrían y se quitaba el inhalador que había olvidado desconectar en el ambiente limpio y controlado de SU ciudad.

Cuando salió de la ducha tenía ya el rubio y corto cabello prácticamente seco y se había vestido con una túnica holgada, Samuel había guardado el equipo de ascensión en una bolsa, las mugrientas ropas y el resto del instrumental estaban debidamente empaquetados, sonrió, el joven había escondido todo para que ella se sintiera menos abatida y ahora observaba la ciudad apoyado en la ventana. Caminó descalza por la estancia hasta alcanzarle y reclinada sobre el alfeizar observó ese mundo dorado que era su hogar.

Apoyó la cabeza en la mano mientras ambos callaban, sumidos en pensamientos muy cercanos en ese momento, todo lo que tenían, toda su vida, la habían pasado allí, ninguno de los dos había nacido en la superficie y ese primer impacto era algo que todos los nacidos en la ciudad subterránea nunca olvidaba.
La ciudad subterránea no contaba con la luz directa del sol, sí, recibían luz solar, filtrada, llegaba por los túneles, alcantarillas, respiraderos y otros dispositivos diseñados a tal efecto, igual les pasaba con el viento y la lluvia, esos privilegios eran de la ciudad en la superficie, pero sus habitantes parecían no disfrutar de ellos, el aire que respiraban era nocivo para los moradores de la ciudad subterránea, el sol que les calentaba hería la piel, el viento arrasaba cultivos y derruía estructuras, aún así decidían ignorar todo aquello que les rodeaba, decidían no hacer caso.


Samuel dio la espalda a la ventana, a los cultivos hidropónicos, los verdes subterráneos impregnados de mil tonalidades, oscurecía y los reflectores bioluminiscentes comenzaban a alumbrar las calles, cogió a Tessa de la mano y la llevó a la habitación.

La tenue luz se coló por la ventana, acompañada de un fresco aire mientras ambos, entre caricias, soñando con los ojos abiertos, pensaban en que algún día habría una sola ciudad.

La noche se hizo sobre la ciudad ambarina, mientras en la superficie, detrás de las nubes grises, brillaban lejanas las estrellas.

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