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Águilas en el cielo

Vislumbraba desde el pavimento al águila imperial deslizándose pausadamente en el cielo, más allá de la techumbre esmeralda de los edificios, donde vegetaban hermosos árboles que prestaban cobijo a sus nidos. Bajo aquel heterogéneo bosque de encinas, alcornoques y pinos, y sobre las mismas extensas azoteas de los rascacielos donde crecían, verdeaban también sotobosques y planicies herbáceas que daban refugio a aquella otra fauna que servía de sustento tanto a la hermosa rapaz, como a los otros depredadores, ya fueran alados o no, que recorrían de un lado a otro los amplios techos de los edificios, intercomunicados por puentes de forma tal que permitían el vínculo entre uno y otro ecosistema.

Desde las holgadas superficies de algunas azoteas, podían divisarse también pequeños lagos en los que se bañaban nutrias, flotaban patos y vivían peces; grandes dehesas acordes con aquellas vastas dimensiones, tan necesarias para albergar la actual superpoblación, donde pastaban ovejas, bóvidos, cérvidos y suidos; marañas de espesa vegetación en las que currucas y turones se guarecían; montañas artificiales en las cuales la nieve evolucionaba con el clima de forma tal que especies que amasen el frío, encontraran por ello cobijo en sus lomas. Y campos de cultivo labrados por máquinas construidas por el hombre, que luego recolectarían lo que para él sería a la par su sustento.

Abajo, en cambio, en el suelo, donde los ciudadanos se desplazaban habitualmente, todo se hallaba despejado, sin obstáculo alguno; sólo sosegada arquitectura, con edificios y construcciones de granito, piedra y mineral que servían para apaciguar el paseo del viandante. Existían también jardines y arriates repletos de las más exuberantes flores y macizos. Igualmente algún que otro extenso parque urbano, que amenizaba el deambular sereno de aquel transeúnte deseoso de encontrarse con naturaleza sin necesidad de perturbar a los que vivían en ella. En todos ellos existían fuentes de aguas frescas y cristalinas construidas en las atalayas de los bloques, procedentes del deshielo de las sierras artificiales, y posteriormente filtradas por el subsuelo de mantillo y piedra que servía de sustrato a la floresta. Aquel líquido elemento generado en las terrazas de los edificios, también se aprovechaba para abastecerlos de agua potable tras pasar por los tamices naturales creados por el propio hombre. Para después, saneada por efectivas depuradoras, ser utilizada con el fin de regar las zonas verdes.

Había transcurrido ya tiempo desde la desaparición del asfalto, pues los vehículos circulaban por el aire, alimentándose del sol, evitando entorpecer así en su devenir el paseo del peatón por calles y avenidas. Sin ruido alguno y dotados con sistemas anticolisión, las máquinas voladoras hacían menos molesto y más cómodo su tránsito. Y el subsuelo se encontraba surcado por túneles donde los ciudadanos podían utilizar los modernos transportes públicos.

De este modo el aire estaba enriquecido con el oxígeno de la foresta de las azoteas, y limpio porque las aeronaves ya no contaminaban.

El hombre había sabido compaginar lo que era natural, con aquello de carácter artificial que construía, solucionando así a su vez el problema de la gran demografía de la tierra.

Más algo todavía no había evolucionado del todo, y era el espíritu depredador del propio ser humano, por lo que, viendo cómo evolucionaba el águila imperial solitaria sobre los tejados, monté en mi aeronave del distrito forestal para presto acudir a proteger de la presencia del insaciable furtivo a aquella fauna, flora y gea que daba vida, con la suya propia, a la nuestra.

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