Utilizamos cookies propias y de terceros, para realizar el análisis de la navegación de los usuarios. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí.

未来都市

Carbono, oxígeno y dióxido. El galimatías de la creación se redujo a eso. Los simposios sobre sostenibilidad y urbanismo dejaron de tener sentido, y por fin ciudad futura dio solución a los problemas habitacionales de los miles de millones de personas que hasta entonces se hacinaban en suburbios multiculturales desperdigados en planicies y valles. En el tiempo antiguo se transfiguraban favelas enteras en las que las letrinas corrompían las arterias subterráneas de ese inmenso reptil muerto que se colapsaban continuamente, produciendo gelatinas infectas. Las condiciones de vida en los polígonos de viviendas, abigarrados por los efectos del elefantismo arquitectónico y la descomposición de las arenas naturales, provocaban disentería y adicciones al amianto en los niños, que vagaban por parques tomados por la procesionaria y unos sapos horribles de ojos púrpura. En esas urbes pretéritas las fuerzas del orden contenían las epidemias y las fiebres de Malta utilizando material antidisturbios y cometiendo abusos en los centros de detención. El control social fue una alucinación votada masivamente por ciudadanos respetables y jóvenes desesperados que anhelaban un mesías utópico que hiciese del martirio algo bello y razonable. Antes de todo eso, las religiones experimentaron una primavera militante y misionera equiparable a la que se apoderó de Europa durante el primer humanismo. Había capillas rupestres en las cuencas hidrográficas más remotas y las catedrales carolingias recuperaron el esplendor de los tiempos de Eudes de Metz.

Técnica y necesidad volvieron a salvar a la Humanidad de sí misma. Las grandes corporaciones de bebidas energéticas y componentes para la automoción llegaron a la conclusión de que el acelerado deterioro del mercado era un problema exclusivamente urbano. Aparecieron patentes de todo tipo para explicar ontológicamente que la ciudad motorizada era insostenible; al sueño americano se le fundieron los plomos. El fósforo alumbra el futuro, rezaba un eslogan publicitario: el publicista, sin querer, había sintetizado el estado del bienestar con una fórmula basada en el clorato de potasio, el sulfuro de antimonio y la goma arábiga. El mundo se convirtió en una anatomía caótica: los chaparrales ya no sabían dónde ubicarse, igual que los lapiaces, los ibones, las uvalas, las dolinas, el lince ibérico, los narvales.

La arquitectura se convirtió en un problema de ensamblaje y tectónica; también de crecimiento. La urbe sin complejos de altura atravesó los hongos de polución, el aire espeso, el metano y el plomo que bruñían los nimbostratos, las limitaciones del oxígeno,
la vacuidad y el sistema de comunicación entre esas membranas de argamasa que habían supuesto un desafío para los aparejadores y los programadores informáticos. Los homínidos volvieron por fin a los árboles de los que habían salido, en una versión de fibra de vidrio y ductal, materiales inteligentes, sensores sísmicos y aleaciones textiles. Sólo las clases marginales continuaban viviendo por debajo de los treinta metros de altura. Desaparecieron los arrabales y los cinturones industriales, y miles de kilómetros cuadrados ocupados por urbanizaciones fueron colonizados por pinopsidas de dimensiones jurásicas. Los helechos se extendieron donde antes había prosperado una clínica odontológica, un panadería, un centro deportivo, los estudios de una productora multimedia y mucho otros negocios que ahora eran objeto de estudio arqueológico. Los cultivos hidropónicos, desarrollados en plataformas marinas de metacrilato producidas en serie, provocaron que la agricultura convencional fuera un pasatiempo exclusivo de las minorías más acomodadas de la sociedad que tenían la frivolidad de mantener huertos ecológicos para alimentar a bandadas de grajos y alondras. El mar producía pepinos con sabor a sales, jugosas sandías con pepitas de alga, remolacha, patatas con forma de erizo, marisco con patas de cebollino.

Las nuevas ciudades, que tomaron el nombre de las antiguas añadiendo el prefijo neo, eran organismos autónomos, ciudades-estado que hicieron obsoleta la noción decimonónica de nación. En ciertos aspectos de su organización recordaban a los burgos italianos del quattrocento. Las luchas sociales, sin embargo, fueron encauzadas por la altura como si los estratos diesen un sosiego académico a los debates sobre la desigualdad y la participación ciudadana. Ciudad futura fue el culmen de la ingeniería social y la muerte de las ciencias políticas.

La silueta de estos gigantes hermenéuticos emergía entre las olas, que bramaban excitadas cuando se acercaban las borrascas, como torres de babel inacabadas; módulos polimétricos de formas puras esperaban el añadido de nuevos bloques parabólicos, de unidades y anexos de uso social. La movilidad de los materiales biodegradables permitió que se desarrollasen planimetrías en forma de esqueleto de abeto, de espina de pez, de ergonomía de arácnido. Cualquier modelo valía en estos mecanos de aspecto provisional. El edificio como ser vivo interminable fue profetizado por Wright varios siglos antes. Él sólo se atrevió a edificar una cascada con ventanales y habitaciones diáfanas trenzadas por un dominó de piedras de río y voladizos sin función; pese a su voluntad, la casa estaba terminada. Si algo debía de crecer era el bosque.

Las lenguas marginales como el inglés, el chino, el español y el tagalo son paleofósiles lingüísticos, idiomas cultos de un pasado lejano que grupos de resistencia antiuniversalista y filólogos muy cultos se resisten a abandonar. El esperanto masacró la literatura, que murió en brazos del funcionalismo y la comunicación global. No hubo prohibiciones ni listas negras esta vez. Fue frustrante para los mártires vocacionales que tuvieron que buscar otro oficio. La tecnocracia patrocinó gigantes bibliotecas que no se ordenaron nunca. Las grandes obras del pensamiento de ayer fueron engullidas en la vorágine de memorias ominosas, novelas históricas, libros en cuyas portadas aparecían hombres sin camisa abrazados a mujeres desnudas entre sabanas, autobiografías falsas de deportistas, fascículos de coleccionables y guías de jardinería. Los cocineros perpetraron un golpe de estado intelectual con la aquiescencia del poder político; se apoderaron de la televisión y desplazaron sibilinamente a los filósofos, que se quedaron sin nada que explicar, cuando las incógnitas insondables empezaron a ser abordadas desde la confitura de arenque y las croquetas de gallina enana. Las emulsiones de tomate, el esparrago en baja cocción, la miel con guisantes, el aire de calabaza embotellado eran paradigmas que dejaban poco margen al método dialéctico. Los ensayistas, aturdidos y desorientados, decidieron primero abandonar las hipótesis; luego, la deducción; finalmente, desertaron de la escritura.

La resistencia se articuló en asuntos banales como los hábitos sexuales, el consumo de analgésicos, la tendencia a la reivindicación de espiritualidades rigoristas y especialmente por los criaderos de perros clandestinos. El nuevo orden impulsó la adopción de aves de compañía más acordes a los nuevos tiempos: carabos, papagayos, milanas, córvidos, jilgueros, grullas. El inconveniente de la gallinaza y los excrementos se arregló gracias a la conciencia cívica y la modificación genética. Las aves dejaron de producir residuos. Los niños adoraban sus picudas mascotas. No se entendía que en algunas casas pudiesen albergar un mastín o cualquier cánido. Los animales de más de dos patas remitían a tiempos superados, a la tierra, al orín en el serrín. Los disidentes, los más provocadores, se paseaban desafiantes con canes enormes ataviados con collares y tintes llamativos. Los agentes del orden trataban de poner mil pegas a esos paseos disidentes pidiendo la documentación y los distintos permisos reiteradamente; también realizando todo tipo de pequeños actos coercitivos.

Ver la lista de cuentos >>