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San Silvestre 8014

Un halo de luz roja iluminaba a los tres millones de participantes, todos sabían que el cíclope (un foco situado en la mesosfera) les daría la señal pasando a verde. Se veía a la gente reír, saltar, charlar, e incluso comprobar el funcionamiento de su ropa inteligente: contador de pulsaciones, posición de la columna, calorías consumidas, grasa convertida, kilómetros recorridos, necesidad de ingesta de líquidos, etc. Podía leerse la felicidad en sus caras y en ese borboteo de risas y cuchicheos. Todos esperaban el momento de poder empezar…y la luz verde llegó.

Quedaba inaugurada la carrera de San Silvestre año 8.014.

Entre los participantes se encontraban los concursantes de Gran Hermano Golden que con sus nano-cápsulas correctamente programadas intentaban controlar los pensamientos y dirigirlos a un único objetivo: ganar el concurso. Julio, Jorge y Sara estaban preparados para su carrera a la fama y diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno…empieza la emisión en los canales GH/322/323/324.

El ritmo de carrera era similar entre los tres participantes, a 2 minutos por kilómetro, pero los niveles de adrenalina de la corredora eran muy superiores al de los demás así que decidí quedarme en el canal A323, el de Sara. La pantalla estaba dividida en tres partes, una que ocupaba la mayor superficie de la pantalla, con la visión de la concursante, otra con los datos físicos y bioquímicos y una tercera partición con los pensamientos transcritos.

La carrera comenzó junto al puerto cubierto, que con un recubrimiento decorado con imágenes de globos aerostáticos desplazándose por el aire conseguía dar un ambiente alegre y festivo. La temperatura era la programada para ese tipo de eventos, trece grados centígrados, así como los niveles de humedad, del cuarenta por ciento. Sara ya había recorrido las dos primeras dársenas y se disponía a pasar a la tercera; pensaba en cómo controlar su respiración e imaginaba su entrada a meta como ganadora de la carrera, cuando le pasó Julio. No la miró, ni la saludó, simplemente la sobrepasó silbando, en un intento por simular el sonido del viento fuerte de Beaufort.

-Será prepotente-no pudo evitar pensar la corredora.

Cuando salió del puerto, solicitó al dron que la custodiaba que le pasará la ruta en plano, y así en menos de un segundo pudo tener una visión exacta del recorrido de la carrera. Las gafas le iban marcando la trayectoria no sólo para no perderse sino para realizar el menor gasto calórico posible. Cada paso, cada obstáculo…era la app de entrenador que se había diseñado ella misma.
Seguía corriendo aunque aún ritmo un poco más lento, 3 minutos por kilómetro, ya por zonas urbanas. Había dejado atrás los tubos de las autopistas, donde los coches eran conducidos a 200 kilómetros por hora de forma automática, y se dirigía a la plaza de las retransmisiones. Cientos de pantallas se convirtieron en familiares y amigos de Sara que la iban animando a gritos de “¡Vamos campeona!”; vio a sus sobrinos sentados en el comedor de casa de su hermana, a sus padres sonriendo orgullosos y a su marido jaleando un “¡ánimo que ya lo tienes!”…y es que Julio estaba a un tiro de piedra. Era el kilómetro 25.

Las palabras de ánimo aparecieron en el apartado de pensamientos y los niveles de epinefrina se dispararon. Aumentó el ritmo de carrera sin apenas notar cansancio y, sin silbido alguno, superó a su adversario. Corría sola, pues iba en primer lugar, en dirección a los olivos sagrados, la gran extensión de olivos por donde de forma perpetua caía una ligera lluvia de aceite. El paseo por aquella zona sólo estaba permitida a las personas con algún tipo de reuma, pues la lluvia reparadora curaba la enfermedad. El recorrido del maratón, incluía por primera vez dicha área. A los organizadores del evento les había costado décadas conseguir los permisos y era la primera vez que Sara podría experimentar aquel goteo de los Dioses. Había un camino enlosado que pasaba por entre los olivos, exento de aceite alguno, limpio y a salvo de cualquier resbalón. Notó como el aceite caía por los brazos, cara y piernas mientras la sensación de tirantez de sus músculos desaparecía. Entraba en el Kilómetro 33.
Ya tan sólo le quedaba pasar por el acuario y el jardín botánico.

Las paredes de color azul intenso del acuario se veían ya a poca distancia, y a pocos metros tenía el túnel de entrada donde cada paso sonaba a una especie distinta…los primeros diez pasos sonaron a delfines, los diez siguientes a focas, los diez siguientes a ballenas,…. Se veían revolotear algas en las pantallas del suelo y el rojo del coral aparecía poco a poco hasta convertirse en un gran arrecife. El acuario de la ciudad disponía de todas las especies marinas del planeta, en un intento por preservar unos cuantos ejemplares de cada especie. Era el kilómetro 36.

Ya tan sólo restaba atravesar el jardín botánico, con su clima tropical y todo un edén de plantas y árboles y especies de todos los colores. Los primeros animales que distinguió fueron los koalas durmiendo agarrados a los troncos de árboles de cientos de metros de altura, para a continuación, encontrarse con 200 chimpancés haciendo palmas a su paso. El clamor era sensacional. Los pájaros le sobrevolaban la cabeza emitiendo unas ondas que sus gafas conseguían traducir….le estaban indicando el camino de salida del jardín botánico, en su afán por ayudar al ser humano… y así, entre pájaros y árboles divisó el ansiado camino dorado que le conduciría a la meta.

Tan solo restaban unos pocos metros cuando Sara se paró… y entonces en su camiseta inteligente se pudo leer: “Salvemos el ecosistema del planeta B612”…y así entró en meta la ganadora.

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