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No estás sola

Comenzó a salir el Sol desde muy temprano, como cada mañana, aunque a eso ya estaba acostumbrada la ciudad, a respirar el rocío de la noche, a oler los primeros panes horneados de la jornada y a sentir los madrugadores autos rozar su robusta piel. Todo el que la habita sabe que ella nunca descansa, y más aún si se trata de un fin de semana.

Sin embargo hoy es martes, y aunque no sabe si es diez o trece, qué más le da. Es consciente de que debe estar preparada para arropar a los basureros desde muy temprano, o para guiar a la policía a casa después de patrullar toda la noche. Eso sí, ahora que ya no se vende prensa no hay día que no añore a los repartidores de periódicos con el papel recién salido de la imprenta, que informaba a todos los habitantes de esa pequeña comunidad, tan pequeña y a la vez tan desconocida.

Conforme avanza la mañana las calles se vuelven más activas y llenas de gente, incluso se puede ver a los primeros niños marchar al colegio, y uno de ellos acaba de mojarse en un pequeño charco. ¡Qué pena!- se lamenta la ciudad, ojalá lo hubiese visto para evitarlo.

Todos saben que protege a los ciudadanos, y que sopla las nubes con fuerza hacia los campos de las afueras para ayudar a los agricultores. Además, siempre que le es posible pide al Sol que se acerque un poco más a los parques, pero no demasiado, para que los ancianos puedan disfrutar de los paseos por los jardines, siempre frescos y verdes.

Aunque parezca un trabajo agotador, que ciertamente lo es, a la ciudad le encanta hacerlo. Es feliz viendo los rostros de los jóvenes besarse bajo una farola, y saber que la gente al salir del teatro tiene calles peatonales para pasear. Aunque sea martes, y sea una mañana cualquiera, la ciudad disfruta por poder despertar a todo el que puede con una sonrisa.

Sin embargo, algo no anda bien esta mañana. Desde la pasada noche siente molestias en el vientre y no sabe a qué se deben, no es algo normal pero no puede centrarse en ello, pues dejaría de prestar atención a sus ciudadanos. Se olvida momentáneamente del dolor al ver a un hombre agradecido por la puntualidad del transporte público, que además es híbrido. A pesar de las molestias, sabe que un día más puede sentirse orgullosa de velar correctamente para sus ciudadanos.

Pero la mañana avanza y el vientre no deja de dolerle. No deja de observar a las personas, que apenas prestan atención al sufrimiento de la ciudad. De repente, el dolor comienza a ser cada vez más fuerte, y la piel vibra ahora con mucha fuerza. Casi como un suspiro todo se detiene y oye un fuerte estruendo. Algunas personas caen al suelo, una niña llora en la esquina de una calle, y un coche acaba de chocar contra una pared.

La ciudad no entiende qué ocurre, no puede controlar lo que está pasando, pasan los segundos y el temblor es cada vez más fuerte. Un edificio tiembla, trata de sujetarlo y lo consigue con mucha dificultad. Solo recuerda un fuerte ruido y todo lo que la rodeaba desmoronándose, por lo que comienza a llorar muy fuerte presa de la impotencia.

Durante varios minutos que se hacen interminables, la ciudad no despierta. Se oyen gritos en las avenidas principales, sirenas de ambulancia y camiones de bomberos que tratan de sortear el caos. Sin embargo, apenas hay respuesta y la lluvia no deja de caer. A los postes también les cuesta despertar, y son tantas las llamadas telefónicas que despierta de un sueño que parecía ser infinito. Se da cuenta al instante de lo que ha ocurrido, y sabe que sus lágrimas son lo último que necesitan sus pequeños habitantes. Por ello, se limpia la cara y comienza a trabajar.

Decide por ello gritar con fuerza al Sol para pedirle ayuda, Consigue que los postes despierten del sueño y observa cómo cientos de personas se telefonean para asegurarse de que no haya ocurrido nada malo. Las redes de Internet parecen no ir demasiado bien, pero nada que ella no pueda solucionar. Pero lo más importante es la seguridad, así que consigue despejar la avenida principal para el paso de los camiones de bomberos, que han recibido una llamada anónima informando del edificio que está a punto de derrumbarse.

La ciudad está desesperada. Cada segundo que pasa es más consciente de lo que ocurre pero no puede hacer nada. Siente impotencia y con ello el amago de llorar. Pero no debe, debe mantenerse fuerte, así que ayuda en lo que puede y consigue soplar fuerte las nubes. Abraza a los aviones que se acercan por aire para ayudarlos a aterrizar en el aeropuerto y logra que el alcantarillado vuelva a funcionar.

No puede parar de observar. Decenas de ambulancias transitan la ciudad de un lado para otro llevando personas al hospital, y observa como los bomberos rescatan a varias familias atrapadas en el edificio. Dos hombres ayudan a salir a uno que ha quedado atrapado en su tienda, y cinco niños tratan de levantar un columpio caído en el parque.

Los postes no paran de enviar información. Cientos de mensajes de ánimo llegan para la ciudad y sus habitantes, llamadas de otras ciudades que se acuerdan de ella y medios de comunicación que no paran de nombrarla. Pasan las horas y el sentimiento que antes era de desconcierto es ahora de felicidad, una felicidad un tanto agridulce, pues a pesar de lo ocurrido no para de observar como todos los habitantes ponen su granito de arena por salvarse unos a otros, cómo la gente corre tratando de salvar la ciudad en la que viven.

Ella que pensaba que nadie se acordaba y resulta que han llamado de todas partes. Apenas han pasado varios minutos y las redes sociales ya se han hecho eco de la situación, enviando sus mensajes de apoyo.

No hay mal que por bien no venga- pensó la ciudad. Y volvió a sonreír mientras observaba con alegría trataba de ayudar en lo que podía, sintiéndose orgullosa por tener a unos maravillosos habitantes que le agradecen el trabajo que ha hecho y están luchando con ahínco por salvarla.

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