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Memorias del futuro

Desde que cayó la bomba platónica, en la ciudad soñada todos utilizábamos la palabra como arma de instrucción masiva. Su onda expansiva fue tal que, la batalla por la eficiencia comenzó a librarse en paz. Una vez instaurado el Régimen del Furor, los políticos decidieron que los docentes impartiesen Cultura como asignatura obligatoria para la ciudadanía, a golpe de decreto. A partir de entonces, los agricultores procedieron a cultivar la semilla del civismo en todas sus parcelas. Éste germinó de tal forma entre la población, que no hubo nadie que pudiera escapar de sus esporas. Los periódicos bautizaron este fenómeno como La Epidemia ‘BenÉbola’. Aunque tampoco faltaron titulares sensacionalistas como “El virus del conocimiento se extiende” o “La sombra del saber es alargada y microscópica”. La repercusión de la noticia traspasó todo tipo de fronteras, de tal modo que la Organización de las Naciones Pulidas envió a nuestra localidad representantes de diversas organizaciones mundiales como Eruditos Sin Fronteras, UniSé o Intermón OxFUN, entre otros. También acudió la Organización Mundial de la SaluZ, puesto que temían que nos hubiésemos convertido en zombis y que, debido a la globalización, nuestra nueva forma de vida se impusiese al resto de moradores terrestres.

Y los inspectores, no sin tomar ciertas precauciones por miedo al contagio, se desplazaron hasta nuestra particular urbe para investigar los hechos. Al parecer, en el resto del mundo se nos conocía como Los Lunáticos, aunque nosotros agradecíamos el gesto, cuando se nos trataba de Selenitas. Muy a pesar de las mentes conservadoras que poblaban el planeta, vivíamos en La Tierra. Eso sí, nos encontrábamos a años luz del resto del globo.

Y es que los edificios dejaron de cimentarse en sudor y sangre, para dar paso a inmuebles proyectados hacia el cielo, de tal modo que la calefacción al fin se volvió central. Central, porque provenía del propio corazón del sol. De los tubos de escape de los coches emanaban nubes. Nubes en el sentido estricto de la palabra. No eran masas de polución y gases nocivos, como las habíamos conocido no hacía demasiado tiempo. Eran nubes que, directamente, desde el automóvil volaban raudas hasta convertirse en un lienzo imponente.

Los parques, pulcramente cuidados, se habían llenado de niños que solo lloraban para hacerlo de la risa. Las madres amamantaban a los más pequeños sentadas en los bancos de madera del lugar. Se trataba de madera artificial, puesto que recientemente, los habitantes del reino vegetal habían conseguido el estatus de ciudadanos y vecinos (previamente lo habían hecho los animales). Cualquier maltrato o discriminación hacia ellos era fuertemente penado. De este modo, al no verse atropellados continuamente por la mano del hombre, los árboles comenzaron a reproducirse, aumentando considerablemente su tasa de natalidad. Como consecuencia directa, el aire se volvió embriagadoramente puro. Nuevos negocios se pusieron en marcha y proliferaron las oreo-catas. Eso sí, se eliminó la denominación de origen ‘añejo’, puesto que no quedaba en la ciudad un solo soplo de aire envejecido.

Además, la lluvia ácida se convirtió en lluvia dulce. Cada vez que las finas gotas de agua caían sobre nosotros, abríamos la boca para saborear aquel manjar de la naturaleza. Porque todo lo que nosotros hacíamos ahora por preservar aquello que nos había sido prestado y que en algún erróneo momento, tomamos por nuestro, ahora nos era devuelto con réditos.

Animados por aquellas recompensas naturalmente inesperadas, nació una verdadera banca cívica. El préstamo que ésta otorgaba al demandante tenía un auténtico interés. Interés en que nuestra comunidad continuase hacia el crecimiento personal y económico de una forma eficiente y sostenible. Las entidades financieras facilitaban el crédito, fomentando la originalidad de los nuevos negocios. Financiaban proyectos innovadores, sufragaban las aspiraciones personales y respaldaban los sueños ajenos.
La mentalidad de la gente había cambiado de forma radical. Por primera vez en la historia, los especímenes de políticos corruptos se extinguieron. Lo hicieron de la misma forma en que habían cohabitado con los honrados. En la sombra. Como contraposición, se multiplicó exponencialmente el número de hospitales, colegios, universidades, infraestructuras y zonas verdes. La calidad de vida se hizo inmejorable para nosotros. Hasta tal punto que, la tasa de desempleo desapareció como índice de medición. Porque ya no había nada que medir en tal materia. El antiguo SEPE (Servicio Público de Empleo Estatal), aún anteriormente llamado INEM, cuyas colas a su puerta nos habían hecho tristemente célebres, dio paso al nuevo SEPE (Soluciones Evidentes Para Estudiantes), promoviendo el talento como principal incentivo para el desarrollo de unos jóvenes que toda la población consideraba un pilar básico para la permanencia de aquella sociedad entonces tan particular.

Cuando los inspectores de la Organización de las Naciones Pulidas emitieron sus informes acompañados de una breve nota en la que renunciaban a sus billetes de vuelta en nuestros aviones propulsados por lava del volcán, los expertos no pudieron sino rendirse a la evidencia de que sus observadores habían sucumbido a aquel inteligente virus. Temerosos a la par que curiosos, decidieron una implantación a nivel global de aquel sistema juicioso. Al final, la luz de nuestra epidemia resultó ser considerablemente alargada.

Antes de que todo empezase, podría haberse dicho de nosotros que éramos una familia bohemia, de esas que cultivan un huerto ecológico en el jardín y tienen profesiones tan liberales que nos permitían desempeñar nuestras labores desde nuestro acogedor hogar.

Sin embargo, nada de eso importa ya. Quizás antes representásemos una pequeña minoría que luchaba incansable por un cambio que entonces parecía utópico. Ahora es una realidad.

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