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Mares en el techo

Abrí los ojos cuando se iluminó la habitación con la falsa luz del amanecer proyectada por el núcleo informático que controlaba la domótica del apartamento. Debería haber sido luz natural si no fuera porque eran las cinco de la madrugada y el sol aún estaba a dos horas de distancia, en su eterno camino procedente el Este.

Contemplé el techo donde se proyectaban imágenes de algún lugar paradisíaco (no recuerdo cuales eran los que había elegido en su día) que se suponía relajante. Yo no me sentí muy relajado precisamente y estuve un rato viendo el desfile de islas y océano sobre mi cabeza, sin pensar en nada en concreto.

La verdad, no me apetecía ponerme en pie para desayunar los cereales integrales -procedentes de cultivos biológicos sostenibles- con leche de almendra. No me apetecía subirme en uno de los taxis automáticos que me llevarían hasta la oficina, cruzando la ciudad de punta a punta en menos de quince minutos, mientras mejoraba su ya optimizada ruta para regalarme unos pocos segundos más de mi precioso tiempo. No me apetecía meterme en la oficina, con tanta tecnología agobiante que no paraba de aportar información y pedir datos a cada segundo. No me apetecía tener que contestar las llamadas de mi móvil, cuyo timbre comenzaría a sonar en cualquier momento en mi implante en el oído.

Ojalá viviera como mis abuelos, sin más tecnología que la televisión y la nevera. Eso sí que estaría bien. Y no tener que despertar cada mañana en una ciudad plagada de taxis sin conductor, metros que sobrevuelan las calles con unos delgadísimos cables a modo de raíles, personas que caminan por la calle mientras mantienen una conversación con sus proyectores holográficos de las palmas de las manos, mascotas de todo tipo que solamente son robots y edificios tan inteligentes que te saludan según pasas a su lado. Tal vez se trata de la evolución natural hacia ciudades cada vez más inteligentes, pero yo preferiría regresar a la época donde aún no se había inventado el ordenador. Creo que estaría más a gusto.

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