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Los colores de candela

Hace muchos, muchos años, y dentro de otros muchos más, existió un pequeño planeta de color azul que vivía en un enorme universo. Comparado con la vida que conocemos, era viejísimo, sin embargo, al lado del resto de cuerpos celestes, apenas era un niño. Los sabios lo bautizaron como Gaya, sin embargo, el tiempo hizo que aquel bello nombre se fuese relegando al olvido día a día.

Cuentan que un día llegó para habitarlo una raza que se conoció como humana, y que ese día, Gaya sonrió como nunca antes lo había hecho, acogió a sus nuevos inquilinos con un enorme abrazo y a partir de entonces convivieron en armonía…
Pero algo ocurrió….

Aquella raza tan especial y brillante comenzó a errar el camino, se olvidó de sí misma emprendiendo un sendero de oscuridad que hería al planeta sin cesar y que la tiñó de gris, entonces Gaya lloró amargamente, y su llanto se convirtió en tempestades y terremotos que hicieron sufrir a ambos.

A pesar de todo, el joven mundo sabía que no estaba todo perdido, así que decidió ofrecer una nueva oportunidad a aquella raza a la que tanto amaba dando luz a una generación de niños especiales, más inteligentes y sensibles, y como regalo a su nueva obra, lanzó un beso al viento para que naciese Candela.

Los primeros rayos del sol despertaron a la joven con una caricia. Dirigió su primera mirada al jardín que rodeaba su hogar a través de las paredes transparentes de su casa, dotadas de cientos de paneles solares traslucidos que transformaban la energía del astro rey en electricidad.

Y su cocina inteligente se afanó en prepararle un zumo de naranja y unas ricas tostadas.

Colocó en su ojo derecho un dispositivo en forma de lentilla que la conectaba con el mundo. Ahora que la física tradicional había quedado obsoleta, aquel sistema exploraba la relación que se establece entre todas las cosas y seres, dándole tanto la posibilidad de tener una conversación a distancia como el probable resultado que tenía cada una de sus acciones.

Escogió un vestido rosa, porque a Candela, el rosa le sentaba muy bien, y la primera información que recibió fue que aquel día se cruzaría con uno de los hombres grises.

La muchacha frunció el ceño, a ella no le gustaban nada aquellas personas de tormenta llenas de rencor y egoísmo que pululaban por los alrededores de su ciudad.

Candela dedicó un momento a recordar el tiempo en que las opiniones de la sociedad se hicieron se distanciaron haciéndose irreconciliables hasta partirla en dos, y con ella, en dos se partió el corazón de la tierra. La culpa sin duda era de aquellos seres oscuros, tozudos y torpes que habían decidido no cambiar.

Aún así, se vistió de rosa.

Después de desayunar, salió en dirección al centro de investigación, donde ella y sus compañeros ideaban nuevas estrategias para mejorar la salud, la calidad de vida sin dañar a su medio y trataban de desentrañar los secretos del universo.

Los coches, alimentados por sus techos solares, se deslizaban silenciosamente sobre el pavimento mientras recargaban sus baterías para circular de noche en un baile de colores.

Su vecina María acababa de regar su pequeño huerto y ahora activaba la cúpula virtual que lo protegería de las vicisitudes del clima. Los tomates cherri ya habían adquirido su color rojo. Candela la saludó con la mano, le regaló una enorme sonrisa y antes de que le devolviesen el saludo, el dispositivo de su ojo, volvió a avisarla del inminente encuentro con el hombre gris y arrugó el entrecejo contrariada.

Sin embargo, continuó su camino.

Estaba llegando a su destino cuando la brisa le trajo el aroma de las rosas que estaban sembradas alrededor del centro de investigación, se detuvo y cerró los ojos para disfrutarlo intensamente, y cuando los abrió, y sin necesidad del dispositivo que llevaba en su ojo, vio a un joven hombre gris merodeando por los alrededores. Al principio tuvo algo de miedo, pues jamás había visto a nadie de ese color anteriormente, y se quedó vigilándolo desde lejos.

A medida que lo miraba, la idea de que pudiese suponer una amenaza se iba diluyendo poco a poco, hasta que finalmente, se animó a acercarse a él.

Al principio él no le contestó, también parecía asustado, seguramente no habría visto nunca antes a nadie con tanto color.

El chico negó con la cabeza tímidamente.

Entonces Candela se dio cuenta de que las personas grises no eran malas por pensar de forma diferente a la suya y que mientras existiesen los muros, jamás podrían llegar a entenderse.

El chico asintió y al dibujar una leve sonrisa, empezó a abandonar el tono gris.

Candela, cada vez más segura de haber encontrado un nuevo camino de investigación para mejorar la vida, se acercó al joven y le dio un abrazo. El, al principio se quedó inmóvil, sorprendido por aquel acto de afecto gratuito, pero enseguida se dio cuenta de que era algo bueno.

Aquel día, Candela no derribó los muros, pero no fue necesario, para ella, ya no existían, ni para ella, ni para el chico gris, y Gaya, sonrió de nuevo.

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