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Llueve a gusto de todos

Siempre he soñado poder salir de casa sin paraguas. Estoy harta de trajinar este artefacto que a menudo parece reírse de mí.

Por eso hoy me he vestido con lo mejor de mi armario para asistir a la inauguración de mi último invento. No es un tema baladí. Salir de casa con sol y volver empapado por una lluvia inoportuna y no prevista, es igual de lamentable que salir de casa con el paraguas y acarrearlo sin hacer uso de él por la falta del líquido elemento.

He trabajado en el proyecto durante meses. He bebido de las fuentes de grandes inventores como Leonardo, y me he interesado por todo aquello que pudiera aportar luz a mi ilusión. Al final he logrado desarrollar y construir la red más grande de paragüeros jamás vista. Distribuidos estratégicamente por toda la ciudad, los contenedores llenos de paraguas permanecen cerrados pareciendo simples bancos cuando el tiempo es propicio. El milagro se produce cuando la madre naturaleza decide regalarnos la lluvia. A las primeras gotas una alarma sonora advierte de la inminente abertura del artilugio. No hay ningún peligro, el mecanismo no ofrece ningún riesgo y concede el tiempo suficiente para evacuar tan cómodo asiento. En breves instantes quedan al descubierto un número considerable de paraguas de todas las medidas y de todos los colores. La cantidad se calcula según los habitantes de la zona dónde está ubicado el invento. Lo mejor radica en que los paraguas solo se abren cuando se extraen del mecanismo que los sujeta. Es decir, en el sitio dónde están emplazados. Es imposible desplegarlos en cualquier otro lugar, lo que evita hurtos, dado que, fuera de su sitio, son totalmente inútiles. Esto anima a dejarlos siempre en el espacio destinado para ellos y se asegura así, la integridad y permanencia de los mismos.

Ha acudido mucha gente intrigada por saber que esconden los misteriosos bancos que se han colocado por toda la ciudad. El día es gris, el cielo esta encapotado. Según el servicio meteorológico hoy lloverá. Y llueve. A las primeras gotas un suave ulular de sirenas precede la obertura de los contenedores. La multitud atónita no da crédito a lo que ve. Miles de paraguas aparecen perfectamente colocados. Me adelanto y extraigo uno, a una leve presión se abre automáticamente. Invito a hacer lo mismo al público. Un hombre que está en la primera fila se decide y extrae un paraguas y, como si fuera un héroe, lo alza enseñándolo a modo de trofeo. La gente animada hace lo mismo. Todos hablan animadamente, comentan, ríen. Un éxito, es un rotundo éxito.
Ha surgido un problema, los comerciantes quieren denunciarme. Son conscientes que jamás volverán a vender un paraguas. Eso, amigos míos, son los daños colaterales, los flecos. Tendré que inventar algo que apacigüe los ánimos de este colectivo. Pensaré alguna cosa, hoy mismo empiezo a dar vueltas a una nueva idea que ya me ronda por la cabeza.

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