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Las dificultades del suicidio

Javier Padiel hacía cola en la Torre del Pozo. Si hubiese sido un melancólico de la muerte propia se habría sentido triste de aquel trámite burocrático en que se había convertido. Pero era un hombre eminentemente práctico y, algo nervioso, volvió a consultar su reloj de pulsera.

Hacía varios decenios ya que las calles de las ciudades se habían asfaltado con aquel invento. El material tenía dos padres: un investigador sueco y otro portugués y había sido acuñado como plegasindar. Este material, al notar un impacto fuerte, se recombinaba atómicamente para flexibilizarse y, de este modo, evitaba la rotura o el daño de aquello o aquel que hubiese sido precipitado contra su superficie. Se instauró para evitar accidentes y, sin querer, pues nadie había reparado en ello, se convirtió en una anulación más de opciones para los suicidas que, ya años antes, habían visto, con los micro sensores colocados en el agua de puertos y ríos, como el tirarse de un puente o al mar acababa con mucha presteza con una barca de salvamento y varios coches policiales en las inmediaciones. Así que, excepto que se quisiera o pudiera contravenir los controles férreos sobre medicamentos y armamento, la vía legal para suicidarse era rellenar unos impresos en la oficina de atención al ciudadano más próxima y esperar su turno en la Torre del Pozo.

Habían sido pocos días de espera y, finalmente, le habían dado día y hora pero, a pesar de ello, Javier era consciente del estudio meticuloso de posibles motivos y de la vida privada que se hacía sobre cada ciudadano solicitante. Por eso, por enésima vez, contó cuantos quedaban delante suyo y revisó su reloj de pulsera.

Su ciudad, Valencia, como toda capital de provincia tenía su propia Torre del Pozo. No era nada majestuosa y, a sus lados, veía las ventanas opacadas, de fuera a dentro para preservar la intimidad, de los altos edificios colindantes. Habían sido toda una revolución. A raíz de estudios sobre eco-sostenibilidad aplicada a la arquitectura realizados por Luis de Garrido, que fueron ganando adeptos cuando éste fue ganando reconocimiento diseñando casas de presidentes y artistas famosos, se había llegado al diseño de edificio de plantas para ciudad que imperaba en esos momentos: edificios de unas 25 plantas, con un jardín en el ático que hacía a sus veces de depurador de agua de lluvia, y enredaderas que, desde balcones intermedios de cada piso, daban a los edificios el aspecto de estar hechos de vegetación y de las que, mediante procesos fotolíticos, se empleaba la energía solar sobrante para generar electricidad limpia y que cubriera las necesidades de la vivienda media.

Un mundo, a ojos vista, casi utópico pero que seguía teniendo sus más y sus menos, como cualquier época histórica y donde, solo la insatisfacción y las ganas de alcanzar un futuro mejor, seguían siendo el motor para mejorar. Sin embargo, poco de esto importaba ya a Javier en su camino hacia el vacío. Un vacío sin la sorpresa, para él desagradable, del plegasindar amortiguando la caída. Pues esa era la particularidad de las Torres del Pozo. A sus pies el asfalto era el habitual a principios del siglo XXI, un asfalto oscuro, granulado y duro. Su muerte era la única solución que había encontrado para tapar todo aquello que no podía salir a la luz. Ya quedaba poco.

Cuando quedaba una sola persona por delante, vio por el rabillo del ojo como dos hombres de impecable traje azul marino accedían a la azotea. Preso de los nervios azuzó a quién tenía delante, una joven de apenas veinticinco años, que le devolvió, al girarse, una mirada llena de lágrimas, resignación y dolor. Sus ojos parecían decirle «¿Usted también me quiere muerta?» y no pudo evitar una punzada en el corazón. Se serenó y mantuvo la compostura mientras con los labios susurraba unas palabras de perdón a su antecesora. Se percató, sin embargo, que el funcionario que controlaba los turnos al borde del abismo le había mirado con extrañeza. Javier supuso que, en ese momento ya casi final, nadie muestra prisa por alcanzar su propia muerte; sino que, al contrario, deben andar más despacio, remolonear, aprovechar para rememorar aquellos últimos recuerdos que uno quiere disfrutar por última vez. En un escenario así su apremio debía haber resultado cuanto menos sospechoso.

El turno de la chica llegó y esta se precipitó al vacío. Javier sabía que le esperaban unos interminables cinco minutos mientras los restos de la chica eran retirados con atención y eficacia del pavimento para dejarlo limpio para el siguiente suicida. Los hombres de azul llegaron antes.

Tras cruzar unas palabras con el vigilante, que pareció asentir y replicarles con el comportamiento que había observado, se dirigieron hacia él y, amablemente, le pidieron que les acompañara fuera de esa fila india en la que llevaba una hora esperando. Javier, a regañadientes, les siguió para, cuando ya nadie albergaba dudas y se habían serenado dándole la espalda, saltar la valla y el indicador a tres minutos y diecinueve segundos y precipitarse al abismo sin oposición.

Cuando despertó notó bajo sí una camilla dura y unos focos relucientes hiriéndole los ojos. Los hombres de azul, a lado y lado de él, le sonrieron con suficiencia.

Tras una pausa, continúo el otro hombre.

Recordó Javier, sintiendo como el dolor del brazo iba desplegándose por su sistema nervioso, que ya no existían cárceles como antaño. Su apropiación indebida no le recluiría con otra gente en celdas minúsculas, sino que viviría en el lugar de siempre, soportando las miradas de oprobio de sus vecinos y familiares, y pasaría los años que determinara el juez realizando tareas para la comunidad en hospitales, comedores sociales y otros servicios que el ayuntamiento proporcionaba. Debería trabajar duro. Supuso que más de lo que nunca había hecho.

Los dos hombres asintieron cuando él dio muestras de haber entendido su discurso y se marcharon. Javier cerró los ojos y se durmió.

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