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Las ciudades necesitan soñadores

2 de octubre del año 3014.
Jueves.

En medio de aquel laboratorio yacía el brote de vida más preciado. Parecía una pequeña habichuela mágica. La vida comenzaba otra vez, se reproducía como antaño, y brotaba con una esperanza nueva. Los ojos del científico casi estaban al borde de las lágrimas. Sus dedos acariciaban el cristal maravillado. Su equipo lo había logrado. Al fin conocería el mundo que ni siquiera su padre pudo disfrutar. Un mundo nuevo.

Era una planta distinta. Podía sobrevivir en medios inhóspitos. Era la solución. Había soñado desde pequeño con ella.

Fuera el desierto era desolador. Sin embargo, comenzaba a sentirse vientos de cambio provenientes de los grandes campos eólicos. Si Quijote hubiese nacido en ésta época, tan extraña, no se hubiese peleado con ellos sino con todos los que no creyeron en sus aspas gigantescas, desafiantes y útiles. Los grandes campos de placas solares se extendían sobre los techos de las nuevas viviendas, aunque también había antenas que recolectaban los rayos de la luna. Ya no había energías que no fueran renovables, pues básicamente se habían agotado todos los recursos hasta dejar a la tierra baldía.

El señor Gordon era un hombre de edad muy avanzada, con las manos llenas de manchas de edad y el rostro algo arrugado. Caminaba algo encorvado, siempre abrochando y desabrochando su bata, mientras las gafas caían hacia la punta de la nariz. Tenía el pelo revuelto, grandes ojeras y lágrimas que empezaban a derramarse. Aunque debía estar jubilado, disfrutando de una vida tranquila, su inquieta mente no le dejaba descansar y el fruto era ese pequeño legado.

Cuando era un niño el mundo era mucho más siniestro. Las grandes guerras por dominar los recursos terrestres habían provocado caos, miseria y hambre. En muchos países se había llegado a contar por millares los cadáveres que yacían en las calles debido a la contaminación, la hambruna y nuevas enfermedades que eran intratables. El mundo estaba cubierto de una pátina de horror imposible. Las calles, llenas de edificios similares, parecían una fila de ataúdes que se alargaban hasta el horizonte. Recordaba como su padre le hablaba de los tiempos de sus abuelos, cuando se hablaba de nuevas fuentes de energías y de un mundo mejor para sus hijos. Un mundo que no llegó hasta ese momento.

La Tierra estaba tan contaminada que era imposible vivir en ella. Los escasos supervivientes se trasladaron a otro planeta habitable, uno que había sido construido en una plataforma móvil de una nave espacial. La cúpula que cubría a todos, con su grueso cristal, no era más que una barrera que ponía límites a la vida. Sin embargo, el mundo progresaba.

Pronto escuchó a sus espaldas el rápido pulsar de las teclas. La pantalla del gigantesco ordenador zumbaba. La planta seguía creciendo lentamente, demostrando que la naturaleza es más fuerte cada vez. Casi no había plantas y aquella pequeña semilla sería el inicio de un nuevo camino hacia la ciudad soñada.

El germen se había logrado para consumir contaminación. En aquella pequeña cápsula se daban las condiciones medioambientales desfavorables que tanto habían dañado a tantos, aniquilando sueños mucho antes de ser siquiera imaginados, y que corroía los cimientos del mundo conocido. Pero, por supuesto, también era capaz de vivir en lugares sin contaminación y ofrecer frutos.

Gordon se sentó frente a la ventana observando los campos de aquel nuevo paraíso, recordó las viejas películas de siglos atrás y sonrió. Pronto sería capaz de hacer algo similar en el planeta que a todos pertenecía, inclusive a los animales. Todos regresarían. El gobierno vería viable su proyecto. No podían negarse.

20 de Marzo del año 3204
Miércoles

Habían pasado más de unas simples décadas. Hacía casi doscientos años del milagro. Aquella simple planta había logrado disipar cualquier duda. La ciencia y la naturaleza se habían dado la mano en un lazo de complicidad mutua. El ser humano había caminado hacia la salvación. Incluso se había logrado recuperar la Tierra. Aquella bola oscura, casi imposible de respirar en ella, ya era verde nuevamente gracias a ese germen creado en el laboratorio.

Las grandes ciudades resplandecían cubiertas de plantas que subían por cada trozo de su fachada. Los gigantescos molinos de viento saludaban en la distancia, las placas solares se veían instaladas incluso en los techos de los vehículos más simples y no existían plataformas petrolíferas. La era del petróleo se había terminado hacia tiempo. Si bien, aún existían residuos tóxicos allá donde se podía echar la vista, pero la ciudad soñada estaba más cerca de todo lo que podía imaginarse. Al menos se respiraba paz.

30 de Julio del 3300
Viernes

Era una noche soporífera, terriblemente cálida, la ciudad no quería dormir. Se escuchaban risas lejanas, el sonido de la música alta cargada de ritmos diversos, el ligero taconeo de jóvenes atrevidas que caminaban por las aceras más abarrotadas, el sisear de las ruedas de los monopatines y el ruido de las vibraciones de los diversos motores.

Nadie recordaba ya la oscuridad y el dolor. Era como si una furiosa tormenta se hubiese llevado las cicatrices y heridas del planeta. Pocos recordaban el nombre del inventor de las plantas que alegraban sus días, alimentaban sus estómagos e incluso generaban energía. Del mismo modo que se había olvidado al inventor de los nuevos motores de los vehículos que poseían, las telas reciclables o las antenas que capturaban la luz de la luna. Sin embargo, sentada en un banco una mujer acariciaba una pequeña caja.

Era una diminuta caja oscura con una gema engarzada en el centro. En aquel pequeño receptáculo se hallaba el último trozo de tierra contaminada. Un recuerdo. Stella sonreía como una niña contemplando los bordes metálicos. Ella sí recordaba. Seguía viva, por así decirlo, aunque era un máquina de desguace. La ciudad soñada ya era un hecho palpable. Ya nadie tenía que soñar con ella, no había que imaginar su numerosa tecnología y su eficiencia. El gobierno no tenía que hablar de utopía. Los niños no tenían que imaginar las estrellas. El océano volvía a tener la fuerza que temían tanto los viejos lobos de mar. El espacio era cosa de poetas que decidían viajar lejos del paraíso para contemplarlo. El cielo por completo se iluminaba, igual que su corazón al recordar el inicio de aquella maravilla.

Esa noche cálida, tan fragante por el aroma de las plantas y la ligera brisa lejana de los campos eólicos, murió la última pieza de una utopía encarnada. Pero no murió la esperanza. Ella siempre estaría en los corazones de todos aquellos que vivían gracias a él, aunque ni siquiera fueran capaces de echar la vista atrás y rememorar el dolor, los fracasos y tragedias que los hicieron ser como eran. Soñar era necesario, alguien debía hacerlo y Gordon no pudo contenerse. Él logró aquel dulce paraíso.

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