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La conquista del origen

-¿Qué es la libertad?- nos preguntan las calles, escritas en todas partes con las nuevas caligrafías que muy pocos entienden, pero sin que esto sea un inconveniente porque bien sabemos qué dicen aquellos signos, tan sólo una pregunta reiterada una y otra vez sobre las paredes vacías ya de otros anuncios, aparte de de las indicaciones viales y las descripciones de los comercios. Una pregunta expresada incesantemente.

Sobre las fachadas, junto a las ventanas y los balcones de los pisos altos, casi por completo desocupados, la pregunta nos presenta una bandería de miles de formas, intrigantes aun sabiendo perfectamente qué se nos enuncia.
Se la halla escrita a cada paso sobre las veredas, incluso en los barrios despoblados, y sobre todos los kilómetros del asfalto; una y otra vez reescritas mientras los contados vehículos con pasajeros y mercancías que los recorren las van borrando al rodar sobre ellas.

Ahora que la ambición ha sido derogada; ahora que la codicia y la agresión y el miedo se han hecho historia de un lejano anteayer clausurado en para nunca; la gente de la ciudad, la gente que todavía permaneció tras los festejos y la espontánea migración hacia los espacios naturales, salió a rediseñar cada espacio de las miradas con esos trazos de fantasía que nos concertan en un mismo interrogante sin respuesta necesaria, porque en todo caso la respuesta somos nosotros mismos, nuestro andar pleno de pausas, nuestro compartir la ciudad en ese asombroso abismo de encontrarnos.

Y el viejo aire del mundo pasea entre las esquinas, liberado de tóxicos, derrotados los venenos que por tanto tiempo fabricaron los motores a combustión y las industrias contaminadoras. Y a veces a cierta altura pasan aeronaves hechas de unas burbujas blandas e indisolubles, marcadas con los trazos desconocidos de la pregunta pintados en palabras luminosas que alegran el cielo.

Muchas vidrieras nos anuncian la comida que se obsequia, porque eso es lo que corresponde, lo que siempre debió haber correspondido a la dignidad humana, y en cada puerta hay quien nos invita a descansar unos momentos y disfrutar un refresco frutal, y se nos invita a que pasemos a conversar con los vecinos, porque se pronostica lluvia para dentro de un rato.

Y entre todos nos sabemos meditando en el qué seremos y en el por qué de cada uno de nuestros actos, y anhelamos convertirnos en turistas del momento, especializados en contemplarnos, y a cada instante reímos al descubrirnos algo aún infantil, o tal vez un resabio de egoísmo que se trasluce en las poses, en los ademanes, o tal vez en nuestros pensamientos.

Ahora no dejamos de de saludarnos y de cuidarnos, como siendo parte de la misma familia. La ciudad, reprogramada por la última generación de máquinas correctamente psicoanalizadas, nos observa con celo de madre, nos habla en los audífonos que nos adornan alrededor del cuello, y su voz cálida y ancestral nos advierte de cualquier inconducta, nos alienta al entusiasmo, y a celebrar la existencia en nuestras labores, y recordar que no hay mayor maravilla que presentir las almas de los demás, y reconocernos en nuestro misterio de nacer humanos.

La ciudad nos canta las melodías de la amistad y el olvido de tiempos terribles que hasta hace tan sólo un par de días nos agobiaban en las angustias de la existencia falsificada. Hoy ya todo nos pertenece, y sonriendo cumplimos las tareas que vienen al caso, sin esforzarnos en nada de menos ni en nada demás.

En lugares cubiertos la gente deja libros en espera, y entre instantes de indecisión los leemos en cualquier página y luego le comentamos una frase de lo leído a alguien que se ha acercado hasta nuestro lado, o le hablamos simplemente a la ciudad, que siempre nos escucha, la ciudad que nos alberga desde hoy hacia un futuro ensoñado; la ciudad que nos aconseja y que nos guía en el quehacer cotidiano. Y nos confiesa sentirse bella por esas extrañas palabras con que nos estremece la única pregunta que nunca habremos de contestarnos.

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