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Ibsa o el color del óbice


El jardín interior conservaba una luminosidad sorprendente para estar rodeado de edificios cuya altura se perdía entre resplandores. Sin embargo, no había luz artificial, era la luz del sol, que se filtraba por algún lugar. Quizá la impresión de ingravidez de las estructuras tuviera que ver con esa percepción. Las construcciones no cerraban el espacio, más bien lo acompañaban o nacían sobre él sin cancelarlo. Durante mi primera estancia, aprendí con fascinación acerca de los recursos materiales. En algunos lugares todavía se procede a la excavación, lo que supone un esfuerzo desmedido, pero esto es una excepción y está orientado a actividades artísticas, para el mantenimiento de monumentos históricos y su restauración.

Mi compañera respondió a un resplandor con un leve movimiento de su mano derecha y, unos segundos después, una unidad tubular del tamaño de una furgoneta pequeña se había estacionado sobre la plataforma.

En las afueras de Ibsa, entre las avenidas Hiperión y Rosaura, se sitúa la plantación de óbices, los organismos complejos que convierten los desechos en materia dúctil.



Los tejidos son controlados de forma computarizada. También este material necesita un cerebro, igual que la carne. Responde a los estímulos y permite despertar sus propiedades latentes. Los óbices crean de forma ciega un tejido de propiedades potencialmente absolutas. Solo es necesario activar aquellas particularidades que servirán para los diferentes sectores productivos.


No se me escapó que Ángela parpadeaba y movía los ojos todo el tiempo. Probablemente, activaba algún dispositivo de control. A continuación, la montura de las gafas se volvió transparente.


Sin darme cuenta, Ángela se había colocado otra vez sus gafas de pasta negra, que habían recuperado su forma casi milagrosamente.

Nos deslizábamos tranquilamente por las arterias subterráneas. Uno ve, en las sutiles transparencias de los túneles, la tupida red de arterias que alimentan el subsuelo de la ciudad, a través de la cual fluyen, como rápidos impulsos nerviosos, las cabinas luminosas.

La transparencia no es aquí un concepto demasiado significativo, como tampoco lo es la opacidad. El óbice usado aquí a modo de «cemento» no oculta el subsuelo. Se podría decir, más bien, que lo arropa como una esponja de seda. Pero la luz no venía del exterior, es decir, de la parte superior, sino que parecía provenir de todas partes, envolviendo la tierra en algo muy parecido a lo que uno puede ver por la ventanilla de un avión, poblado de resplandores que se mueven rápidamente en todas direcciones.




En esta ciudad, los conceptos «suelo» y «subsuelo» no son algo físicamente identificable sino una convención. El suelo es aquí el lugar donde se estrella un rayo de sol, incluyendo azoteas, terrazas, linternas y cúpulas, pero la tierra en sí está presente por todas partes, por arriba y por abajo. La naturaleza no escasea y crece casi agreste en muchos lugares. Caminando por una calle cualquiera, uno puede desembocar de pronto en una avenida cubierta por una bóveda de hojas, flanqueada por columnas vegetales, tan silenciosa y tranquila como un templo y, más abajo, una pradera urbana se extiende anunciando un valle al que se asoman los barrios como montañas en un circo glaciar.

Al salir al exterior todo volvía a abrirse como si, inesperadamente, las nubes hubieran decidido evaporarse. Recuperamos los cálidos resplandores suavemente anaranjados que envuelven las cúpulas de los edificios.

Ahora puedo intuir que yo veía resplandores anaranjados en contraste con el azul purísimo de ese cielo. Sin duda, el secreto de dominar la energía trae consigo formas sorprendentes y exige un aprendizaje paulatino para aprender a ver. Aquí la energía se extrae y se queda prendida en unidades de acumulación como bolitas de hierro a un imán. Mi compañera me corregirá: de hecho, «extraer», «excavar», «yacimiento» y otras palabras por el estilo, han quedado indicadas en el diccionario para su aplicación exclusiva a actividades científicas como la arqueología o para disciplinas artísticas que cierto sentido de la tradición no ha permitido que se abandonaran (en este ámbito aún se estudia la técnica al fresco de Miguel Ángel). Aquí no se violenta la tierra porque no hace falta, no se necesita hacer agujeros, cortar, cavar, sondear, dinamitar, destruir, porque los descubrimientos en este sentido han permitido observar y construir sin necesidad de «abrir una puerta en la materia».

Me temo, sin embargo, que mi amiga no me va a permitir por el momento conocer el proceso que convirtió definitivamente la energía pura en materia acumulable, cómo la tecnología permitió que el paso de un rayo de sol pudiera quedarse petrificado para su uso futuro, prendido como un algodón de azúcar cegador en las unidades de aprovisionamiento energético. Existen por el momento otras nociones que es preciso aprender. Pero sé que eso solo es cuestión de tiempo.

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